EL CAMPAMENTO DE MUJERES POR LA PAZ

Una acción del pacifismo feminista en Zaragoza

Carmen Magallón Portolés


Al pensar en el Campamento de Mujeres por la Paz la pri­mera palabra que me viene a la mente es entusiasmo. Teníamos un entusiasmo contagioso. De este modo se explica que en aquellos días de finales de septiembre de 1984, en apenas un par de semanas fuéramos capaces de organizar un campamento que revolucionó la ciudad y atrajo a mujeres de todo el país.

En el verano de ese mismo año había participado en la Convención por una Europa desnuclearizada que tuvo lugar en Perugia, Italia. Era mi segunda convención, pues el año anterior también había viajado a Berlín con el mismo motivo, lo que me dio ocasión de participar en una de las grandes y míticas cadenas humanas contra los euro- misiles que se desplegaron por aquellos días en todas las capitales europeas. Allí conocí a Petra Kelly, me alojé en una de las casas ocupadas de Kreuzberg y descubrí por primera vez las acciones simbólicas que protagonizaban las mujeres en su lucha contra la guerra nuclear. El entu­siasmo que traje venía de la efervescencia de aquel movi­miento que arrastraba a miles de personas, de la radicalidad y la determinación de los jóvenes alemanes de ambos sexos en Berlín, de la gran marcha de Perugia a Asís al año siguiente, de la horizontalidad y las acciones noviolentas de las Mujeres de Greenham Common, que desde hacía un tiempo estaban acampadas delante de una base que albergaba algunas de las cabezas nuclea­res pendientes de instalar.

Fueron las mujeres del Campamento de Greenham las que hicieron el llamamiento para ese mes de septiem­bre: «que diez millones de mujeres salgan de su casa del 20 al 30 de septiembre a manifestarse contra los prepa­rativos de la guerra». Se trataba de un posible ataque nucle­ar que iba a agudizarse si seguía la escalada del rearme y la amenaza.

A comienzos de septiembre, acabadas las vacaciones de verano, planteé la propuesta traída de Europa al grupo de Mujeres del Colectivo por la Paz y el Desar­me. Y a ellas también les entusiasmó. A partir de ahí fue como una bola de nieve que rueda y cada vez se hace mayor. Decidimos unirnos a la campaña europea orga­nizando un campamento de mujeres. Y como todo lo que hacíamos entonces, lo primero fue convocar a todas las organizaciones de mujeres de la ciudad. En la pri­mera reunión, ya estuvimos más de ochenta mujeres. Así se formó una coordinadora que agrupaba, además de a las mujeres del Colectivo por la Paz y el Desarme, a la Coordinadora de Mujeres de Barrios, el Frente Femi­nista, la Secretaría de la Mujer de Comisiones Obreras, de Unión Sindical Obrera, de Unión General de Traba­jadores, Mujer  y Socialismo, las mujeres del Sindicato de Trabajadores de la Enseñanza de Aragón, mujeres del Movimiento Comunista de Aragón, de la Liga Comu­nista Revolucionaria, del Partido Comunista… Y otras muchas que participaron a título individual.

El Campamento de Mujeres por la Paz se organizó en el parque del Tío Jorge, en los días señalados por la campa­ña. Decidimos hacer un campamento para materializar la idea de «salir de casa por la paz», pues si antes los hom­bres se iban de casa para hacer la guerra, ahora nosotras nos íbamos de casa para protestar contra la guerra.

Ya el hecho de que fuera un campamento sólo de muje­res suscitó un intenso debate. Todavía estábamos en tiempos en los que, tras años y años de iniciativas pro­tagonizadas solo por hombres, había que justificar que nosotras quisiéramos tener las nuestras, a nuestro esti­lo, solas, organizadas bajo nuestros acuerdos y ponien­do en juego el carácter simbólico de nuestros cuerpos de mujer, históricamente excluidos de la acción políti­ca y la toma de decisiones.

Además de unirnos a la protesta europea, queríamos encontrarnos, debatir, organizar acciones hacia la ciudad. Más de cincuenta mujeres dormíamos en las tiendas, y la gran carpa reunía a cientos en los debates que se orga­nizaban durante el día: sobre la participación de las muje­res en las guerras, sobre si existen o no valores específicos masculinos y femeninos, sobre la violencia contra las mujeres, sobre cómo educar para la paz, sobre la OTAN, sobre las relaciones entre pacifismo y feminismo… Llega­ron mujeres de Madrid, Barcelona, Bilbao, Huesca, San Sebastián, Vitoria, Valladolid, Salamanca, Vinaroz… Y el fin de semana un autobús completo desde Euskadi.

Algo que nos había impactado, algo que aprendimos en el pacifismo antinuclear de los años ochenta, era con­siderar fundamental la coherencia entre fines y medios. Que las formas de actuar, de participar y de relacionar­se, no son indiferentes, sino que pueden respetar o dis­torsionar los fines que se persiguen; y que también tienen repercusiones en las personas individuales, tanto de dentro como de fuera del movimiento. Que el compromiso y la actividad de un grupo pacifista no solo viene marcado por unos objetivos, sino por una filosofía de fondo que se nutre de una convicción ética: el valor de la vida humana y el uso de la noviolencia. Que ningún fin, por excelso que sea, quedará incó­lume ante los procesos y los caminos utilizados para alcanzarlo. Que es irracional matar a alguien para defen­der una idea o un interés o un bien, sea la soberanía, una ideología o unos derechos; y que también es irracional que la sociedad siga manteniendo presupuestos e instituciones orienta­das a la muerte. El reto, pensábamos, y seguimos pensando, es construir estrategias de defensa y de transfor­mación social más allá de las armas.

Las mujeres del Campamento, tenía­mos claro que una de las bazas de la noviolencia es la creatividad. Quería­mos huir de los eslóganes desgasta­dos, crear nuevos lenguajes, convivir, implicarnos del todo. Por eso el cam­pamento fue también una fiesta: con una radio libre, La Violetera, desde la que emitíamos día y noche, con risas, cartas, tele- gramas, visitas… Creíamos realmente que nuestro compromiso incidiría, que unido al de tantas otras mujeres que esos días también estaban en la calle, acabaría transformando la sinrazón de los gober­nantes que estaban tensando la cuerda de la ame­naza de destrucción nuclear mutua.

El pacifismo nutre su pensamiento y su acción participativa de esa dimensión simbólica que es expresada por el cuerpo y el ser concreto. Hace del cuerpo el soporte máximo de la dignidad humana, testimonio necesario y suficiente para la acción. Las marchas, las sentadas, los campamen­tos de paz, las huelgas de hambre; en todas estas acciones la presencia, el «estar», se convierte en testimonio que trata de golpear las conciencias de quienes se sitúan enfrente o al margen del problema.

Desde el Campamento se organizaron varias acciones: una tela de araña en la Glorieta Sasera, tela de vida que enmaraña, mientras repartíamos octavillas; un plante ante los tanques de «la Brúñete» que pasaban por una carretera cercana; participamos también en la cadena humana que se organizó, uno de esos días, por la soli­daridad entre las comunidades paya y gitana. Y para fina­lizar, una marcha de más de trescientas mujeres a la Base Norteamericana, para dejar sentado nuestro rechazo a la OTAN y a la permanencia de la propia base.

Fueron días intensos, en los que también hubo conflic­tos entre nosotras. Esa confluencia mayoritaria no escondía las discrepancias que existían entre distintos enfoques: roces acerca de si la igualdad significaba o no reivindicar la mili para las mujeres, roces por cómo se hablaba de las relaciones entre las mujeres y la paz, roces por una u otra línea política…

Feminismo y pacifismo han tenido una relación histórica difícil, controvertida y polémica. Y me estoy refirien­do al feminismo de los años setenta en adelante y al pacifismo que surge en estos mismos años. Este desen­cuentro tenía sus raíces. Quienes miraban con recelo al pacifismo veían necesario romper con la imagen tradi­cional de las mujeres ligadas a la paz «por naturaleza»; romper con la imagen de la cercanía de las mujeres a la vida, en razón de su biología, de su potencialidad para dar la vida. Esto las llevaba a reivindicar la fuerza y la capa­cidad de agredir, también para las mujeres, como modo de afirmarse como seres libres; a reivindicar la igualdad con los varones,también en lo que atañe a ir a la mili, para luego, si acaso, objetar como cualquier varón anti­militarista. Y las llevaba a sospechar de toda iniciativa de las mujeres que parecía que no era clara con respecto a las premisas anteriores. Lo que conducía a la contra­dicción de que fueran precisamente algunas feministas las más dudosas y renuentes, ante la posibilidad de una acción específica de mujeres en el movimiento por la paz.

Por fortuna, ya hace tiempo que hubo una maduración por ambas partes, dejando atrás muchas rigideces; el feminismo se ha diversificado y ya hace años que, sin negar que sigan existiendo conflictos, el reconocimien­to mutuo fluye de un modo generoso y amplio. Con la perspectiva del tiempo, ahora, cuando ya han transcu­rrido más de veinte años, vemos que el Campamento de Mujeres por la Paz fue un ejemplo de acción unita­ria que valió la pena, un ejemplo de vitalidad y de cohe­rencia entre fines y medios, tal como preconizábamos. Nos hizo crecer, y también hizo crecer la esperanza a nuestro alrededor. Fue un magnífico ejemplo de exce­lencia particípativa protagonizada por mujeres.

Articulo publicado por Zaragoza Rebelde 2009


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