FEMINISTAS EN EL TARDO FRANQUISMO Y LA TRANSICION(1965-1985): EL CASO DE ARAGÓN

AMPARO BELLA

SIEM, Universidad de Zaragoza

La intervención de las mujeres en el ámbito público se ha ejercido
a lo largo de la historia en todas las zonas del planeta de múltiples
modos y a través de variadas organizaciones ciudadanas. Cuando
la política profesional o institucional no ha sido capaz de atender
las necesidades e intereses de grandes sectores de la población, una
forma de respuesta ha sido la protesta y los movimientos sociales.
En determinadas épocas complejas o de crisis, las iniciativas femeninas
de intervención pública han conseguido afrontar los problemas
de manera muy eficaz, conformando auténticos movimientos de
mujeres con «múltiples itinerarios y estrategias de libertad femenina
» (Nash, 2004: 23). Cuando en estos movimientos la identidad
grupal como mujeres se ha convertido en prioritaria y sobre ella se
ha articulado un grupo social y político con el objeto de mejorar o
transformar la vida de las mujeres y de la sociedad, hablamos de
movimientos feministas.
Desde la segunda mitad del siglo xx las mujeres del mundo occidental
hemos vivido radicales cambios. El reconocimiento formal de
los derechos de ciudadanía, generalizados después de la Segunda
Guerra Mundial en los países democráticos, se tradujo en el derecho
a votar y a ser elegidas, la igualdad jurídica, el acceso a todos los
niveles de la educación reglada y la posibilidad de ejercer todas
232 Amparo Bella
las profesiones. Era un momento de gran crecimiento económico y
de cambios en las políticas de los estados, con la implementación de
lo que se denominó el estado del bienestar, con políticas sociales y
económicas que garantizaban, junto con el buen funcionamiento del
capitalismo, la protección de los derechos mínimos para una vida
digna, con sanidad y enseñanza gratuitas, pensiones de vejez, enfermedad
y subsidios de paro.
El cambio decisivo lo realizaron las mujeres en su hacer cotidiano,
poniendo fin a un destino atribuido al sexo y a la traducción de la
diferencia sexual en desigualdad. Las mujeres transgredieron roles
de género accediendo al mercado de trabajo, se formaron profesionalmente,
decidieron sobre su maternidad por medio de la anticoncepción,
disfrutaron de la sexualidad sin temor al embarazo, y sus
relaciones afectivas dejaron de confinarse únicamente en el matrimonio
heterosexual y la familia. También transgredieron espacios y
abandonaron atuendos tradicionales. Como ha señalado Elena Grau:
«Para las mujeres jóvenes del siglo xxi, el significado de este hacer
representa la posibilidad de estar en cualquier ámbito de la sociedad
y de que los recorridos de vida femeninos sean multiplicables». Supone
vivir en una «cultura de la elección» en oposición a una «cultura
de la necesidad» (Grau, 1998: 331-348).
La década de los sesenta supuso un cambio profundo. Los feminismos
de segunda ola surgidos en estos años empezaron a hablar de
la relación entre los sexos, de la sexualidad femenina y masculina
como núcleo de la dominación patriarcal, dejaron de centrarse en la
política de los derechos, a diferencia de sus predecesoras las sufragistas,
para trabajar en la construcción de sujetos femeninos que
establecieran su propia medida del mundo y de la política.
Mientras esto sucedía en otros países occidentales, en España
vivíamos una dictadura producto de un golpe militar cruento que
derivó en una/la Guerra Civil y en la instauración de un régimen
autárquico, basado en la cancelación de los derechos democráticos
republicanos, una cruda represión y una eliminación brutal de los
derechos de las mujeres, un Estado alzado sobre un paradigma patriarcal
y fascista sobre el que se construyó el régimen franquista
del nacionalcatolicismo. A pesar de todo ello, el proyecto democratiFeministas
en el tardofranquismo y la transición (1965-1985)… 233
zador del feminismo en este duro contexto y su expresión en la vida
social y en la política antifranquista, se fue imponiendo como un
sujeto social emergente. Las «redes sumergidas» (Melucci, 1994:
120) que se fueron tejiendo en el movimiento de mujeres en aquellos
años del final del franquismo hicieron posible el despertar de los
feminismos en la transición.
Quiero señalar algunos acontecimientos y recorridos organizativos
de mujeres en la ciudad de Zaragoza diferenciando dos etapas
que son similares al resto del Estado, desde la óptica de las prácticas
políticas predominantes en el movimiento de mujeres.
Primera etapa, 1965-1975.
La lucha por la democracia y el desarrollo
de los movimientos de mujeres
Nuestro país vivía cambios estructurales con el proceso de industrialización,
de apertura al exterior y modernización económica.
Zaragoza fue declarada Polo de Desarrollo Periférico en 1964, lo que
supuso la implantación de grandes polígonos industriales que conllevó
reestructuraciones urbanas y periféricas con un desigual reparto
de los beneficios sociales. Fue un periodo en el que emergió con
fuerza la lucha por la democracia articulada en amplios movimientos
sociales que crecieron entre la ilegalidad y la dura represión en
sectores obreros, estudiantiles y ciudadanos. Se produjeron en esta
época las protestas contra la carestía de la vida y por la mejora de
las condiciones de vida en los barrios obreros e industriales y la
lucha por la amnistía de los presos políticos.
Las prácticas características de las mujeres en este periodo se
articulan, en líneas generales, a partir de sus necesidades y experiencias
de género en cuanto esposas, madres, hermanas, compañeras
militantes. Las mujeres que participan en las movilizaciones, proceden
de organizaciones de cristianos de base, de movimientos vecinales,
de partidos políticos y de los sindicatos obreros en la clandestinidad.
Tradicionalmente en el análisis del proceso de cambio de una
sociedad autoritaria a otra democrática, se pasa por alto la esperanza
234 Amparo Bella
de transformación que muchas mujeres implicadas en los movimientos
de oposición desearon lograr. Esta esperanza implicó un cambio
en los términos del debate sobre la justicia social y la política. El
recorrido hecho por algunas mujeres a través de acciones colectivas
que las vincularon entre ellas, con la lucha antifranquista, es un recorrido
de vida en el que lograron dar un salto cualitativo por el que
la protesta antifranquista, la lucha por las libertades democráticas
y la petición de amnistía ampliaron su contenido para designar no
solo la exigencia de democratización y liberación de presos políticos,
sino también la exigencia de liberación de las mujeres y de amnistía
para los tipificados como delitos de las mujeres, uno de ellos el adulterio
(Kaplan, 2004: 195). Podemos afirmar que las ideas feministas
y el desarrollo del feminismo como movimiento social es la extensión
lógica y coherente de las libertades democráticas y ciudadanas aplicadas
a las relaciones sociales entre mujeres y hombres.
Este proceso se fue fraguando a través de la configuración de
redes locales para abordar fines sociales en problemas que afectaban
a las mujeres y se llevó a cabo, al igual que en el resto del Estado con
mayor implantación en las grandes capitales, a través de las asociaciones
permitidas por la legislación franquista, las asociaciones de
Amas de Casa y las Asociaciones de Vecinos, y en grupos en la clandestinidad
como el Movimiento Democrático de Mujeres. A partir
de 1970, surgieron sociedades profesionales como la Asociación de
Mujeres Juristas (1971) o la Asociación de Mujeres Separadas (1973).
De la cultura política oficial y autoritaria del franquismo que fomentó
la desmovilización y la apatía se pasó en los sesenta y setenta al
desarrollo de una cultura democrática y participativa.
El recorrido fue el siguiente. Los trabajadores se organizaron
clandestinamente en las Comisiones Obreras, al calor de las parroquias.
Irrumpieron con fuerza a partir de las huelgas mineras de
Asturias de 1962, encontrando apoyo en una parte de los movimientos
católicos, la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) y la
Juventud Obrera Cristiana (JOC), y en el Partido Comunista. Los
sospechosos de ser líderes políticos o sindicales eran frecuentemente
detenidos y torturados por la policía. A las detenciones seguían
los encarcelamientos y los familiares, en su mayoría mujeres, se
Feministas en el tardofranquismo y la transición (1965-1985)… 235
movilizaban para conseguir su rápida liberación. Al pedir la amnistía
para todos los presos políticos, las mujeres se integraron en un
movimiento por la libertad, al tiempo que eran las sostenedoras económicas
y afectivas de la red familiar, asumiendo la responsabilidad
del mantenimiento y las visitas a sus familiares en las cárceles.
Esta participación activa de las mujeres en la lucha contra la represión
y en solidaridad con las luchas obreras explica por qué las organizaciones
de mujeres en el Estado español han tenido desde sus
inicios una estrecha ligazón con el movimiento obrero. Las campañas
por la libertad de los detenidos significaron para un número
importante de mujeres la oportunidad de salir del campo asistencial
y la de entrar de una forma políticamente activa en la organización
de la oposición al franquismo, y supuso un aumento del nivel
organizativo y de la conciencia política.
En diversas ciudades, entre ellas Zaragoza, mujeres del PCE en
la clandestinidad y de la HOAC integraron formalmente a partir de
1965 y en la clandestinidad el Movimiento Democrático de Mujeres
(MDM). Muchas mujeres familiares de presos comenzaron a reconocerse
en las puertas de las prisiones (Abad: 2012), empezaron a reunirse
los domingos por la tarde en sus casas, en cafeterías y en parroquias.
Su identidad de grupo y la legitimidad de sus acciones
derivaban de su rol de esposas, madres y hermanas. De este modo,
empezaron a disfrutar estableciendo lazos de apoyo y de relación
duradera con otras mujeres. Una de ellas, Maruja Cazcarra describió
este proceso del siguiente modo:
Estos grupos de mujeres por toda España y por supuesto en Aragón
fueron capaces de salir de las cuatro paredes de su casa, de la
burbuja de normalidad de la omnipotente propaganda del régimen
y tomar conciencia de la situación del país y paulatinamente de sus
múltiples discriminaciones como mujeres; de denunciar las detenciones
y torturas de los defensores de las libertades (Bella, 2003: 357).
El MDM fue alentado por el PCE con el objetivo de sensibilizar
a las mujeres en los problemas sociales y políticos y también en los
específicos de discriminación legal y social. Su actividad se centró en
escritos, la solicitud de indultos, la recogida de firmas y de dinero
entre sectores profesionales para atender a los presos.
236 Amparo Bella
Entre las integrantes aragonesas del MDM estaba Maruja Cazcarra,
una joven militante del PCE que viajaba a Barcelona y, después
también al penal de Burgos, para visitar a su hermano Vicente,
quien había sido elegido secretario general del Partido Comunista
en Aragón en 1967. Maruja organizaba con otras mujeres la solidaridad
para los presos (comida, ropa, útiles de aseo) y el apoyo a las
familias que quedaban en indefensión económica. De ahí fue pasando
a organizar las peticiones de amnistía, de indultos con recogidas
de firmas y a convocar en 1970 la primera celebración del 8 de marzo,
día de las mujeres trabajadoras, en una reunión reivindicativa de
militantes realizada en el Espacio Pignatelli de Zaragoza, donde exigieron,
aún en la clandestinidad, que las mujeres tenían asuntos
propios por los que luchar.1
Otra destacada integrante del MDM fue Concha López, «la Reblet
». Después de ejercer de prolífica ama de casa con nueve hijos, se
hizo activista de Acción Católica y allí se formó para la intervención
pública dando charlas por los pueblos de Aragón. En el círculo Cuadernos
para el Diálogo que se reunía en el Casino Mercantil, conoció
a la comunista Maruja Cazcarra en 1966 y ese fue el comienzo de
una larga amistad y una estrecha colaboración política.
A ellas se incorporó más tarde Esperanza Martínez. Había pertenecido
al maquis de la Asociación Guerrillera de Levante y Aragón
(AGLA) en la inmediata posguerra, lo que le llevó a cumplir una
pena de quince años de prisión, acusada de bandolerismo. Durante
ese tiempo de presidiaria y por su militancia en el Partido Comunista
(PCE), estableció contacto con las aragonesas del MDM. Cuando
cumplió su condena y salió en libertad, en 1967, decidió establecerse
en Zaragoza, donde conoció y más tarde contrajo matrimonio con el
activista de Comisiones Obreras (CC. OO.), Manuel Gil. Esperanza y
Manuel fueron protagonistas de la primera boda civil oficiada en
Zaragoza y en la cárcel de Torrero, al darse la circunstancia de que
Manuel se encontraba preso, tras su detención en una asamblea sindical
clandestina en los Pinares de Torrero. Esperanza Martínez es
1 Testimonio de Maruja Cazcarra, en el artículo de César Usan: «Las “hijas” de
Simone de Beauvoir», Heraldo de Aragón, 20 de abril de 1986.
Feministas en el tardofranquismo y la transición (1965-1985)… 237
militante del partido comunista desde siempre e integrante del
MDM. Su labor política no ha cesado hasta la actualidad.2, 3
En la configuración del MDM en Aragón y del movimiento de
mujeres, hay que señalar que a partir de 1970 la situación cambió
tras los dos estados de excepción decretados para tratar de contener
las movilizaciones obreras y estudiantiles en 1968 y 1969, con el eco
internacional de las protestas virulentas, pacifistas y feministas en
Francia, Alemania, Italia, Estados Unidos, México etc. En el MDM
aumentaron los debates internos y los objetivos feministas y, además,
desarrollaron, junto con el incipiente movimiento vecinal de
mujeres, algunas formas de protesta novedosas como la ocupación y
el encierro en iglesias, en los barrios de San Pablo y de Oliver en
1968; las protestas en silencio contra el consejo de Guerra de Burgos
y contra la pena de muerte; las protestas contra la carestía de la vida
con ruidosas caceroladas públicas en los barrios obreros de Oliver y
el Picarral, en unión con las mujeres del movimiento vecinal. Todas
estas formas de intervención pública se han ido incorporando, a lo
largo de los años, en múltiples movilizaciones de protesta que llegan
hasta la actualidad.
Desde el año 1973, algunos grupos de mujeres en distintos barrios
obreros de Zaragoza formaron las vocalías de mujeres dentro de
las Asociaciones de Vecinos o de «cabezas de familia», como se llamaban
entonces. Estas asociaciones eran el único cauce legal de participación
política durante los últimos años del franquismo. Los núcleos
más activos eran los de los barrios del Picarral y de San José, entre
otros. Las vocalías de mujeres se concentraban en problemas que les
2 Esperanza Martínez en los años noventa, al hacerse su hijo insumiso al servicio
militar, fundó la Asociación de Madres y Padres de Insumisos en apoyo y lucha
contra el militarismo y el servicio militar obligatorio, asimismo, integró los grupos
de mujeres de negro contra la guerra en la ex-Yugoslavia, entre otras muchas implicaciones
personales y políticas. Actualmente y desde hace años, recorre la geografía
española de la mano de la Asociación Archivo, Guerra y Exilio (AGE) para restituir
la memoria histórica de las personas represaliadas y asesinadas, durante la guerra y
el franquismo. Ha escrito y publicado en 2010 el libro de memorias Guerrilleras, La
ilusión de una esperanza.
3 FALTA EL TEXTO DE LA NOTA 3.
238 Amparo Bella
afectaban como amas de casa y madres de familia, en relación con el
consumo y la carestía de la vida. A través de prácticas de organización
informal, presionando con la cesta de la compra para adquirir
productos más baratos, negociando con los tenderos, organizando boicots
a los mercados, se fueron forjando relaciones y redes sumergidas
de mujeres que se unieron por otras necesidades como la exigencia de
guarderías laborales, la construcción de colegios y parques, la socialización
del trabajo doméstico y la formación de adultas (Bella, 1999:
160). Las protestas contra la carestía de la vida, incentivadas aún
más en los primeros años de la transición, adoptaron contenidos de
reivindicación política luchando contra el franquismo. La historiadora
Temma Kaplan las ha comparado con las de Chile en los años
ochenta contra el régimen de Pinochet, donde acuñaron el lema
«democracia en la casa y en el país»; Kaplan lo interpreta como «la
vinculación de lo político con lo doméstico», lo que expresaba «un profundo
deseo de transformación de la vida a todos los niveles, tanto en
el espacio público como en la esfera privada» (Kaplan, 1999: 100).
La vertebración clandestina de la lucha política contra la dictadura
hasta los años setenta se hizo en torno al Partido Comunista,
pero a partir de 1970 este panorama se diversificó apareciendo otros
grupos y otras siglas, la famosa sopa de letras y siglas políticas de la
transición, tomando más peso sectores socialistas del Partido Socialista
Obrero Español (PSOE), del Partido Socialista Popular (PSP) y
del Partido Socialista Aragonés (PSA). También adquirieron importancia
otros partidos con influencia en los medios universitarios zaragozanos,
como la Liga Comunista Revolucionaria (LCR, trotskista),
el Movimiento Comunista (MC) y la Larga Marcha hacia la Revolución
Socialista (maoístas) de donde surgieron la Organización Revolucionaria
de Trabajadores (ORT) y el Partido del Trabajo (PTE). Asimismo,
en la Universidad se crearon los Comités de Estudiantes
Revolucionarios (CERN) confluyendo en ellos los jóvenes estudiantes
pertenecientes a los citados partidos políticos y otros sin filiación que
se iniciaban en la efervescente actividad política del momento. Entre
todos estos grupos de oposición se fueron configurando dinámicas de
convergencia política en plataformas sociales y políticas y, posteriormente,
juntas de organizaciones políticas para hacer frente al cambio
de régimen.
Feministas en el tardofranquismo y la transición (1965-1985)… 239
Segunda etapa: 1975-1982.
La transición política. Visibilidad del Movimiento
de Mujeres. Desarrollo y eclosión de los movimientos
feministas organizados
En noviembre de 1975, moría el dictador y unos días después, y
aún en la clandestinidad, se celebraban en Madrid las Primeras
Jornadas por la Liberación de la Mujer. Estas jornadas marcaron el
final de un movimiento coordinado por el MDM. Empezaba la transición
política y el movimiento de mujeres organizado bajo otras condiciones
y con una mayor profundización en objetivos feministas.
La práctica y el pensamiento de las mujeres que participan en el
feminismo durante este periodo se van a ir expresando en contra de
la definición social de los géneros, tratando de cambiar los modelos y
roles tradicionales asignados culturalmente a ambos sexos.
La primavera y el otoño de 1976 fueron las estaciones de las
grandes movilizaciones populares, quizás las más efervescentes y
significativas de la transición. En Zaragoza, a las reiteradas protestas
exigiendo la amnistía y la legalización de los partidos políticos,
hay que sumar la manifestación multitudinaria contra el trasvase
del Ebro el 13 de marzo, la concentración autonomista de Caspe el
4 de julio, las numerosas protestas contra la política del Gobierno
por la carestía de la vida y la congelación salarial con huelgas sectoriales
importantes. En estos momentos emergieron también las novedosas
protestas femeninas pidiendo la amnistía también, para los
considerados delitos de las mujeres y exigiendo la derogación de las
leyes discriminatorias, como la del adulterio. A estas protestas se
sumaban las movilizaciones de mujeres exigiendo guarderías, derecho
a la educación sexual, a la planificación familiar y por la legalización
de los anticonceptivos. También en el ámbito de la nueva política
institucional de la democracia, se desarrollará la lucha por los
derechos políticos para garantizar que la igualdad fuera recogida en
la Constitución democrática de 1978. Es una etapa de movilizaciones
fuertes y multitudinarias en las calles.
La idea de formar grupos específicos que incorporasen demandas
referidas a la llamada entonces, «cuestión de la mujer», y al
240 Amparo Bella
reconocimiento de sus derechos dentro de la lucha por la conquista
de las libertades democráticas, creció a partir de mujeres que militaban
en los partidos y organizaciones de izquierdas. En 1976 surgió
la Asociación Democrática de Mujeres Aragonesas (ADMA), a
partir de una reunión celebrada en una conocida pizzería de la calle
Latassa, en la que estaban, entre otras, Carmen Olivares, Mariví
Nicolás, Mercedes Gallizo y Gloria Labarta. Estas dos últimas eran
dos jóvenes activistas que, como otras muchas de esta época convulsa,
representaban la ilusión del cambio social y la transformación
política.
Mercedes Gallizo era dirigente del Movimiento Comunista en
Aragón. Se inició en la política en su época universitaria en los años
setenta, en los Comités de Estudiantes Revolucionarios (CERZ) de
la Universidad. Fue fundadora de las primeras asociaciones y organizaciones
feministas de Zaragoza: la ADMA en 1976 y el Frente
Feminista un año después. En 1979 se presentó como candidata al
Senado en elecciones, por el Movimiento Comunista de Aragón, sin
salir elegida entonces. En los años ochenta se integró en Izquierda
Unida, formó parte de la Ejecutiva Federal de IU y de la Secretaría
General del Partido Democrático de la Nueva Izquierda (PDNI) en
Aragón, una corriente que más tarde se integró en el PSOE, formación
con la que alcanzaría más tarde su acta de diputada en el Congreso.
Su actividad política no ha cesado hasta la actualidad.4
Gloria Labarta era una joven abogada y militante de izquierdas,
fundadora de la primera organización feminista de Zaragoza, la
ADMA, y defensora de la primera encausada por adulterio de la democracia
española. Fundadora, asimismo, al año siguiente, de la
4 Mercedes Gallizo fue candidata por el PSOE en las elecciones autonómicas
aragonesas de 1999, donde obtuvo acta de diputada, a la cual renunció al año siguiente
al obtener en las elecciones generales un escaño en el Congreso de los Diputados.
Ejerció durante dicha legislatura de responsable del Grupo Parlamentario Socialista
en temas penitenciarios. Entre 2004 y 2011 fue directora general de Instituciones
Penitenciarias en el Ministerio del Interior, con los sucesivos gobiernos de Zapatero.
En 2013 ha publicado en la editorial Debate, Penas y personas, 2810 días en las prisiones
españolas. Un retrato a partir de las cartas recibidas del personal recluso y su
experiencia como directora general de prisiones.
Feministas en el tardofranquismo y la transición (1965-1985)… 241
Asociación Aragonesa de la Mujer (AAM). Se distinguió por su especial
lucha por la desaparición de nuestro Código Penal del delito de
adulterio. Participó activamente en ponencias y debates sobre la reforma
del Código Civil en 1975 y en sucesivas reformas. Su actividad
profesional y feminista continúa hasta la actualidad.5
La ADMA tuvo una corta pero intensa vida. Los primeros pasos
en el otoño «caliente» de 1976, condujeron a la asociación a la primera
plana de los medios de comunicación de ámbito local, nacional, e
internacional, con artículos en El País, en el Diario Pueblo e incluso
en la revista Interviú,6 por asumir la defensa pública y la causa política
de una mujer, Inmaculada Benito, encausada por adulterio. Fue
el primer caso de adulterio en la naciente democracia española y se
juzgó en la Audiencia Territorial de Zaragoza en octubre de 1976,
5 Gloria Labarta lleva más de treinta años de ejercicio profesional, especializada
en derecho de familia, en defensa de los derechos de las mujeres, también ha
ejercido en derecho penal e internacional. Es fundadora de los Congresos de Mujeres
Abogadas, que se celebran desde 1988 anualmente en el Estado español. Ha pertenecido
a la Junta de Gobierno del Colegio de Abogados de Zaragoza durante siete años.
Pertenece a todos los servicios del Colegio de Abogados de atención a mujeres. Fundó
la Comisión de Mujeres Abogadas de Zaragoza y la Escuela de Formación de Abogados.
Ponente en numerosos congresos jurídicos internacionales. Integrante de la junta
directiva de la Asociación Profesional de Mujeres y del Club de Opinión La Sabina.
6 Para seguir la historia del caso véase Heraldo de Aragón, de los meses de
octubre y noviembre (6, 7, 12, 21, 28 de octubre y 17 de noviembre de 1976), recogiendo
también la opinión de la Asociación de Mujeres Juristas, organización que abogaba
por las reformas legislativas, pero que no se implicó abiertamente en el caso; en prensa
local y estatal, en semanarios y revistas: «Esta mañana en la Audiencia: el juicio
por presunto adulterio a puerta cerrada», Aragón Exprés, 6/10/1976, portada y p. 22;
José Ramón Marcuello, «A las puertas del año 2000, querella por adulterio», Andalán,
99, 15/10/1976; «Juicio polémico», El Noticiero, 6/10/1976; Marcelino G. Medina,
«Esposa acusada y absuelta de adulterio», Mundo Diario, 12/10/1976; García de Frutos
y Emilio Eiroa, «La “revolución” feminista en Zaragoza», Diario Pueblo, 7/10/1976;
García de Frutos, «La acusada de adulterio absuelta por los tribunales», Diario Pueblo,
13/10/1976; «¿Cinco años por ir a Canarias?», editorial, y José Ramón Marcuello,
«Las feministas acusan de discriminación. Polémico juicio contra una mujer acusada
de adulterio», El País, 6/10/1976, p. 21; Dossier: «El juicio del año. La mujer en el banquillo
» (con entrevistas a todas y todos los protagonistas y la opinión de diversos juristas),
Aragón 2000, 3 (1976), pp. 41-62; Inmaculada Gómez Mardonas, «Aquí no hay
adulterio, solo adúlteras», Gaceta Ilustrada, 17/10/1976; Fernando Berberana, «El que
esté libre de pecado que tire la primera piedra», El Caso, octubre, 1976; «Inmaculada
Benito, una adúltera para un pueblo», Interviú, 23, 21/10/1976, p. 7.
242 Amparo Bella
con una joven abogada defensora, Gloria Labarta, y una joven organización
feminista la ADMA, en donde se iniciaron muchas zaragozanas
en la movilización social con la petición de amnistía para estos
delitos específicos.
Inmaculada Benito y T. Carmelo Caneiro contrajeron matrimonio
en 1973. Caneiro era un pintor de izquierdas y pertenecía al conocido
grupo artístico Algarada. Inmaculada Benito era una madre
joven, con la apariencia hippie al uso de la época y estudiaba medicina.
Cuando el matrimonio entró en crisis, ella se mudó con el niño
sin separarse legalmente. Decidió hacer un corto viaje a Canarias
con un hombre que conocían ambos cónyuges y dejó al hijo con la
familia de Caneiro. Al regresar no quisieron devolverle al hijo y a los
pocos días firmaron un acuerdo entregándole la custodia a Inmaculada
Benito. Los padres de T. Caneiro animaron a este para tramitar
la anulación, pero el abogado del marido argumentando que la anulación
le humillaría acusó a Inmaculada Benito de adulterio. Ni
Gloria Labarta, abogada de Inmaculada Benito, ni las mujeres de
ADMA, ni las del MDM, veían la cosa del mismo modo, lo interpretaban
como un castigo del marido sirviéndose de unas leyes que le
eran favorables.7 En una entrevista a Inmaculada Benito, que le hizo
Margarita Barbachano para la revista Aragón 2000, esta declaró
que «fue una trampa clarísima», que no se arrepentía de nada y
que sacar a la luz pública su nombre y su caso era «un riesgo que
creía conveniente correr», pues «a partir de mi acusación me he
concienciado muchísimo de todos estos problemas, pero no tomo la
lucha en este sentido como exclusivamente feminista, sino que considero
que es una lucha social en la que debe participar todo el
mundo» (VV. AA., 1976: 41). Esta creencia iba en consonancia con
el crecimiento del movimiento feminista dentro del movimiento de
mujeres. La razón por la que algunas mujeres aceptaron aparecer en
público se debe al creciente convencimiento de que las problemáticas
que sufrían las mujeres no eran una cuestión individual, sino que
formaban parte del proceso democratizador que había comenzado en
7 Entrevistas: Gloria Labarta, 30 de marzo de 2000; Inmaculada Benito, 5 de
mayo de 2001.
Feministas en el tardofranquismo y la transición (1965-1985)… 243
los años sesenta. Entre 1976 y 1977 hubo dieciocho juicios a mujeres
acusadas de adulterio, entonces considerado como un delito «contra
la honestidad» del varón (Eiroa, 1976: 62). Las movilizaciones pidiendo
la abolición de la ley se extendieron a partir de este momento
por todo el Estado.
La movilización de Zaragoza sentó un precedente de protesta que
sería repetido en otros juicios contra mujeres en Barcelona y Madrid,
acuñando el eslogan público «yo también soy adúltera», una práctica
de autoinculpación, muy extendida posteriormente en otras movilizaciones
como las del derecho al aborto, a través de las campañas de
recogida de firmas y su entrega en los Gobiernos Civiles. Según ha
interpretado Milagros Rivera «fue un ejemplo de política de lo simbólico:
al autoinculparnos gratuitamente las mujeres de adulterio, quedaba
en ridículo el supuesto delito de infidelidad, significado ahora
como una práctica generalizada y frecuente» (Rivera, 2001: 31).
La ADMA se definió en sus estatutos como asociación unitaria,
interclasista, independiente y democrática. Pese a su corta vida,
constituyó uno de los pocos ejemplos de organización unitaria que se
dieron en el Estado. No hay que confundirla con las Asociaciones
Democráticas de la Mujer, federadas a escala estatal, que impulsaron,
de manera oportunista, formaciones como el Partido del Trabajo
al salir de la clandestinidad (Moreno, 1977: 89). Se inscribirían en la
tercera vía, que Amparo Moreno y Elena Grau denominan corriente
de feminismo socialista o «lucha de clases»8 y que concuerda con la
caracterización que hace A. Moreno de los grupos que la formaron, al
decir que: «se definen como autónomos e independientes, de los partidos
políticos y de los hombres, de las organizaciones sectoriales y
del Estado, unitarios y que, admiten en su seno tanto militantes
de distintos partidos políticos como diversas tendencias feministas»
(Moreno, 1977: 89). Trataban de aunar la tradición marxista y las
aportaciones del feminismo radical de segunda ola en los años
8 Hay varias clasificaciones del movimiento feminista atendiendo a las líneas
de pensamiento según la importancia que le dan al origen y carácter de la opresión
femenina como las de Moreno (1977) y Grau (1993) y desde la mayor o menor autonomía
en su estrategia y objetivos de acción (Folguera, 1988).
244 Amparo Bella
sesenta, articulando la relación entre patriarcado y capitalismo en
una estrategia de lucha contra ambos sistemas. La ADMA tuvo una
implantación importante llegando a reunir a unas doscientas militantes
zaragozanas dispuestas a sostener una lucha contra el sistema
y las leyes discriminatorias, la exigencia de su derogación y la
amnistía para las mujeres como componente ineludible del proceso
de transición a la democracia.
Ante las elecciones legislativas de 1977 a Cortes Generales para
redactar la Constitución de la nueva democracia y bajo el peso de las
disyuntivas entre las posiciones reformistas y revolucionarias, la
ADMA se vio sacudida por la misma división que sacudía a los partidos
de izquierda y más concretamente sobre cuál era la «contradicción
principal», el sexo o la clase social; además, por la no resuelta
práctica de la convivencia política con las diferencias y la diversidad
entre mujeres. La ADMA se escindió en tres nuevas asociaciones,
cada una con vínculos en distintos partidos políticos: la Asociación
Aragonesa de la Mujer (AAM), la Unión de Mujeres por su Liberación
(UML) y el Frente Feminista (FF).
Con las tres nuevas organizaciones que surgieron tras la escisión
de ADMA coexistían todo una abanico de agrupaciones de
mujeres que desarrollaban su actividad en el seno de partidos políticos
como el Partido Comunista de España (PCE), el Movimiento
Comunista (MCE), el Partido del Trabajo de España (PTE), la Liga
Comunista Revolucionaria (LCR), Organización Revolucionaria de
Trabajadores (ORT), el Partido Comunista Marxista-Leninista
(PCML) y organizaciones sindicales de las que formaban parte
Comisiones Obreras (CC. OO.) y más tarde la Unión Sindical Obrera
(USO) y la Unión General de Trabajadores (UGT). En la práctica, la
mayoría de las integrantes de esas células o secciones femeninas
habían sido afines e integrantes también de ADMA. Existía, además,
un hilo de contacto, de red sumergida, tejido por el Movimiento
Democrático de Mujeres (MDM) con las mujeres de las vocalías de
barrios, y aunque ahora el MDM se había disuelto formalmente en
Aragón, algunas de sus militantes se dedicaron a tareas del aparato
del partido y otras muchas se integraron en ADMA y después en la
Unión de Mujeres por su Liberación (UML).
Feministas en el tardofranquismo y la transición (1965-1985)… 245
En el mundo laboral, los años 1976 y 1977 estuvieron marcados
en Aragón por la conflictividad y largas huelgas sectoriales como
conclusión de una larga etapa de deterioro económico; la de TUZSA,
empresa local de transportes, tuvo gran incidencia social. En este
contexto, un núcleo fuerte de mujeres de las Comisiones Obreras
fueron centrando su actividad, a través del contacto con otras trabajadoras
de empresas locales, en la idea de formar un grupo dentro
del recién legalizado sindicato de CC. OO., para que su voz fuera
tenida en cuenta por los compañeros. Esto se materializó en septiembre
de 1977, constituyendo en el ámbito estatal la Secretaría de
la Mujer de CC. OO. Sus prácticas se concretaron en el problema
de la desigualdad de salarios y la marginación social ante la falta de
guarderías y la problemática del ama de casa como trabajadora.
La consideración de trabajadora iba referida al trabajo asalariado y
a la dificultad de compatibilizarlo con las tareas del hogar; se postulaba
la capacidad trasformadora de la clase obrera como sujeto revolucionario,
de ahí, la necesidad imprescindible de que las mujeres se
incorporasen a ese mundo, como una premisa de independencia y
para adquirir protagonismo en la lucha.
Por otro lado, seguían existiendo asociaciones sectoriales como
la delegación local de la Asociación de Mujeres Juristas, fundada por
María Telo en 1971, y la delegación de la Asociación de Mujeres
Separadas, creada en 1974. Desarrollaban actuaciones limitadas al
terreno jurídico y la defensa de sus intereses, respectivamente, y
aunque no se pronunciaban abiertamente en temas como el divorcio
o los anticonceptivos, colaboraban ocasionalmente en las campañas
públicas que los otros grupos de mujeres organizaban por la reforma
legislativa. En 1976, se fundó también la Asociación Universitaria
para el estudio de los Problemas de la Mujer (AUPEPM), creada en
el seno de la Universidad de Zaragoza en 1977.
La Asociación Aragonesa de la Mujer (AAM) estuvo impulsada
por mujeres pertenecientes al Partido del Trabajo (PT). Se integraron
en ella militantes del Partido Comunista y del Partido Socialista.
Tomaron un rumbo decidido por las reformas constitucionales
y legislativas a favor de las mujeres. El abogado de la asociación
era Ramón Sainz de Varanda, que en 1979 sería el primer alcalde
246 Amparo Bella
democrático de Zaragoza por el PSOE. La AAM estaba constituida
por un grupo de profesionales como la abogada Gloria Labarta, la
ginecóloga Esperanza Abós, la profesora Gloria Álvarez, que sería
directora del Instituto de la Mujer en Aragón en 1982, o la también
docente e investigadora Carmen Magallón. Su dinamismo se apagó
con la coyuntura de participación en las instituciones democráticas,
con la implantación del PSOE y PSA en la alcaldía de la ciudad en
1979 y la fusión del Partido del Trabajo de España (PTE) y la Organización
Revolucionaria de Trabajadores (ORT), que desaparecerían
poco después, pasando amplios sectores de estos dos partidos a integrarse
en el PSOE.
La Unión de Mujeres por su Liberación (UML) heredó el espíritu
unitario e interclasista de la ADMA, integrando un abanico amplio
de mujeres procedentes del Partido Comunista (PC), del Partido
Socialista Aragonés (PSA) y de la Liga Comunista Revolucionaria
(LCR) y algunas libertarias de la Confederación General del Trabajo
(CNT). La UML desarrolló una labor significativa en la difusión de
los métodos anticonceptivos en los barrios y los debates sobre la
sexualidad femenina y el derecho al placer. Participaron en las grandes
campañas por el derecho al divorcio, la crítica al texto constitucional,
la denuncia del Estatuto de los Trabajadores o la exigencia de
legalización del aborto ante los juicios de Bilbao en 1979. Su actividad
se fue agotando hacia 1981, pues algunas de sus integrantes se
unieron al activismo más radical del Frente Feminista, mientras
otras intensificaron en mayor medida el trabajo en los partidos
mixtos, coincidiendo con la preparación de las elecciones generales
de 1982 que auguraban el triunfo del PSOE. En este grupo estuvieron
algunas mujeres como Zoya Gorriz, Concha Arnal y otras que
posteriormente desempeñaron cargos políticos como María Arrondo
en el Ayuntamiento de Zaragoza o Pilar de la Vega en el Gobierno de
Aragón.
El Frente Feminista es la organización que más ha perdurado
en el tiempo, a pesar del predominio en sus filas de destacadas integrantes
del Movimiento Comunista y de la Liga Comunista Revolucionaria.
Fue el colectivo que a lo largo de sus años de actividad
política integró a más mujeres e intentó recoger las esencias de la
Feministas en el tardofranquismo y la transición (1965-1985)… 247
ADMA, pero esa unidad ya no volvería a repetirse de igual modo. En
el Frente Feminista encontramos como fundadoras a Rosa Fernández
Hierro, otra joven activista que junto a la ya mencionada Mercedes
Gallizo y otras muchas jóvenes zaragozanas, iniciarían un largo
recorrido de intervenciones públicas logrando que los términos feminista
y feminismo, sin dejar de ser calificativos denostados y mal
vistos inicialmente, salieran de las alcantarillas de la invisibilidad y
sus propuestas de cambio social empezaran a permeabilizar las
conciencias zaragozanas. Las llamadas «radicales del color morado»
comenzaban su andadura colectiva.
Rosa Fernández se inició en la vida política en la Universidad de
Zaragoza, como estudiante de Derecho, donde formó un colectivo informal
de carácter feminista, se integró en el Movimiento Comunista
(partido político de carácter maoísta) y fue fundadora del
Frente Feminista en 1977. Tuvo una participación fundamental en
la formación de la Comisión Antiagresiones del Frente Feminista
junto a Concha Rodríguez, en aquellos años en que ningún servicio
institucional desempeñaba funciones de sensibilización y denuncia
pública, ni atención, asistencia y orientación a las víctimas. Su actividad
las llevó a presentar el primer proyecto de creación de una
Casa de Acogida para Mujeres Maltratadas en Zaragoza en 1984.
Una propuesta que se materializaría como servicio municipal en
1988. Su labor profesional y actividad feminista continúan hasta el
presente.9
El Frente Feminista desde su creación en 1977 tuvo vocación de
organización de masas, como se decía entonces, bajo los principios
de la doctrina política leninista, con una implantación importante y
un largo recorrido en el tiempo de actividad política que perduró
9 Rosa Fernández lleva treinta años de ejercicio como profesional, siempre en
defensa de los derechos de las mujeres. Incidió decisivamente en la modificación del
Código Penal en los años noventa del delito de violación con su defensa de un víctima
de violación anal. Pertenece a todos los servicios del Colegio de Abogados de atención
a mujeres. Durante cuatro años desempeño las tareas de coordinación del SAOJI de
orientación jurídica a inmigrantes. Actualmente, desarrolla su actividad profesional
en el Servicio de Violencia de Género y en el Servicio de Atención a Mujeres Víctimas
de Violencia Doméstica.
248 Amparo Bella
hasta el año 2000. Fue el grupo que más contribuyó a la expansión
de un feminismo tremendamente combativo, activo y militante, con
presencia sostenida en la calle en múltiples acciones, en tareas de
sensibilización con la edición de cuadernillos de formación feminista,
organizando acciones directas contra la violencia machista, atención
a víctimas y canalización de las demandas de información sexual
y direcciones para abortar, además con el impulso a la formación
del primer colectivo de lesbianas. Asimismo, el Frente Feminista se
destacó organizando actividades y semanas culturales que visibilizaron
no solo el pensamiento feminista, sino el protagonismo de las
mujeres en la historia y su contribución artística y cultural. Favorecieron
la creación de la Librería de Mujeres que abriría sus puertas
en 1984, a iniciativa de Antonia Olaverri y Pilar Láinez, ambas integrantes
del grupo. A partir de los años ochenta editarían periódicamente
y hasta el año 2000, la revista Mujeres.
Las actividades y programas de intervención del Frente Feminista,
en sus niveles asistencial y de denuncia pública, se centraron
enormemente en las problemáticas derivadas de las agresiones, las
violaciones, los malos tratos en el ámbito doméstico, los abusos y
costumbres denigrantes para las mujeres. El Frente Feminista fue
pionero en afrontar y sacar a la luz pública las situaciones de violencia
machista en toda su complejidad, para de este modo evidenciar
que era un problema de toda la sociedad. En 1983 se constituyó la
Comisión Antiagresiones dentro del Frente Feminista, donde Rosa
Fernández realizó una labor primordial en el tratamiento del problema
social de la violencia, con incidencia, desde su actividad profesional
como abogada defensora, en la modificación legislativa de finales
de los noventa en cuanto a la tipificación de los delitos de violación
ampliado a la penetración anal o bucal. Posteriormente, a finales de
los años ochenta, impulsaron lo que se llamó el Gimnasio de Mujeres
para aprender técnicas de autodefensa feminista contra la violencia,
con talleres impartidos por Concha Arnal, una actividad que logró
reunir a un número importante de jóvenes zaragozanas.
Las acciones colectivas que lograron reunir en su organización
a todos los grupos escindidos del movimiento de mujeres fueron
las manifestaciones del 8 de marzo. La primera manifestación por
Feministas en el tardofranquismo y la transición (1965-1985)… 249
los derechos de la mujer que se realizó desde la Segunda República
en Zaragoza, se produjo el 6 de mayo de 1978 bajo el lema «Por un
divorcio justo en la Constitución». La convocatoria de la manifestación
fue suscrita por la Asociación Aragonesa de la Mujer (AAM), la
Unión de Mujeres por su Liberación (UML), el Frente Feminista
(FF) y la Asociación de Mujeres Separadas. Previamente, realizaron
una campaña de recogida de firmas, con mesas informativas instaladas
en el centro de la ciudad, y emitieron un comunicado solicitando
que el divorcio se recogiera en la Constitución. Al año siguiente,
1979, se convocó la primera manifestación de la transición en Zaragoza
para celebrar el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora,
contando con el apoyo de la práctica totalidad de las organizaciones
feministas. Estas protestas públicas nunca estuvieron
exentas de altercados y provocaciones en momentos en que las organizaciones
fascistas y reaccionarias campaban con cierto consentimiento
social y policial; prueba de ello es la manifestación del 8 de
marzo de 1983 que resultó del todo accidentada. Participaron 4000
personas y se desarrollaba con normalidad hasta que llegó a la calle
San Juan de la Cruz donde un grupo de ultraderecha tenía instalada
una mesa de recogida de firmas contra el aborto. Se confrontaron
gritos de «Cara el sol» con «Aborto libre y gratuito». De los gritos se
pasaron a las manos y se produjo una batalla campal con el resultado
de quince heridos y diez ultras detenidos. El Movimiento Comunista
de Aragón y Comisiones Obreras presentaron denuncias
contra Fuerza Nacional del Trabajo. En la prensa local, tanto en
Heraldo de Aragón como en El Día, se recogió la agresión describiendo
que portaban palos, bates y munchacas de artes marciales.
La manifestación del 8 de marzo se ha seguido desarrollando año
tras año hasta la actualidad, convergiendo en ella todas las organizaciones
de mujeres y colectivos sociales, políticos y sindicales de
izquierdas de la ciudad.
El principio de la década de los ochenta significó una creciente
movilización del feminismo zaragozano bajo la hegemonía del Frente
Feminista, articulando para ello la creación de estructuras en
Zaragoza como la Coordinadora de Organizaciones Feministas con
el objetivo de la movilización masiva en la lucha por las reformas
democráticas específicas tales como el derecho al divorcio o al aborto.
250 Amparo Bella
En esta coordinadora de organizaciones, se integraron los grupos de
mujeres de las asociaciones vecinales y, poco a poco, se fue ampliando
el campo de actuaciones feministas con la conformación de otros
grupos y otras prácticas. La década de los ochenta se abrió con lo que
sociológicamente se ha dado en llamar «el desencanto» político de la
población en relación con las expectativas depositadas en el sistema
parlamentario. A este respecto y referido al movimiento de mujeres
en el periodo comprendido entre 1976 y 1982, Pilar Folguera lo ha
denominado «la crisis del movimiento feminista» (Folguera, 1988: 123).
Lo que estaba llegando a su fin era la tradicional forma de organización
e intervención pública para activar un movimiento de masas
con presencia constante en la calle, a través de formaciones muy
estructuradas y jerarquizadas, dirigidas por una élite y con la supeditación
de los deseos individuales a los intereses del bien común.
Los feminismos de «segunda ola» ya habían enunciado la máxima
del pensamiento radical de que lo personal es político, subvirtiendo
el tipo de relaciones internas en las organizaciones de protesta y
apostando por formas de participación horizontales, antijerárquicas
y con capacidad de expresión, no solo de las diferentes subjetividades
y propuestas individuales, sino también con capacidad para planear
y visibilizar públicamente otras acciones políticas más imaginativas,
para incidir en las conciencias ciudadanas y en el cambio de
los usos y costumbres restrictivos y discriminatorios.
Durante la transición las asociaciones feministas al igual que
otras muchas organizaciones de oposición al franquismo y de lucha
por la libertad, no solo exigieron los derechos de igualdad, pedían
también otro tipo de democracia. Al igual que una gran parte de la
sociedad civil, reivindicaban un modelo participativo en él que se les
reconociera su capacidad de intervención en los procesos de toma de
decisiones, especialmente en aquellos en los que se veían involucradas
de forma más inmediata. Como es sabido, no se optó por la participación,
sino por un «consenso dominante» en el que el modelo de
ciudadanía se basó en un reconocimiento amplio de los mínimos
derechos civiles (Radcliffe, 2011). De aquí que tras 1978, con la promulgación
de la Constitución, empezara un progresivo distanciamiento
entre sociedad y movilización.
Feministas en el tardofranquismo y la transición (1965-1985)… 251
En el movimiento feminista, los elementos de fractura en este
periodo se evidenciaron en las Jornadas Feministas Estatales de
Granada de diciembre de 1979, en el debate sobre las distintas
maneras de concebir las estrategias feministas. Un elemento de
fractura fue el de colaborar y participar en las jóvenes instituciones
democráticas o mantener la autonomía y movilización en la calle
conformando un fuerte movimiento social al margen de la integración
en estructuras institucionales. Otro elemento de fractura fue la
manera de entender la organización del feminismo, lo que se dirimía
era si el feminismo como movimiento social, debía estar ligado a
otros proyectos políticos y sindicales integrándose en organizaciones
mixtas o si debía de salvaguardar su independencia política y conformar
una corriente de opinión e intervención pública diferenciada.
Este fue el famoso e intenso debate estratégico de la doble militancia,
que acarreó importantes rupturas entre las organizaciones feministas.
La opción favorable a la doble militancia en muchos sectores
del movimiento de mujeres en el Estado español derivó en la creación
de las secretarías o departamentos de la mujer tanto en partidos
políticos como en sindicatos. Por el contrario, la consideración de
que el movimiento feminista debía ser independiente y autónomo
de organizaciones mixtas, partidos y sindicatos trajo consigo el crecimiento
y formación de colectivos diversos que profundizaron en el
pensamiento de la diferencia sexual y en las estrategias de actuación,
más allá de la lucha por la igualdad legal, buscando lazos de
unión política entre mujeres para poner en valor experiencias históricas
femeninas y formas de intervención pública alternativas, para
un cambio social de mayor calado.
El mapa cambiante del asociacionismo, el encuentro y desencuentro
de las organizaciones de mujeres, junto con las grandes campañas
del movimiento feminista en la transición, indica que estos
grupos actuaron como minorías activas (Larumbe, 2002: 271), removiendo
cimientos, ejerciendo influencia sobre la mayoría social y logrando
que sus ideas fueran asimiladas e integradas en la realidad
de la sociedad española a pesar de no tener el poder ni gozar de los
recursos necesarios para ello.
La conclusión de la transición española durante los primeros
años ochenta implicó, por un lado, la consolidación del sistema
252 Amparo Bella
parlamentario con grandes partidos ocupando escaños y muchos
partidos extraparlamentarios sin escenario político representativo,
el aumento de competencias para los Ayuntamientos y el desarrollo
de políticas sociales con la puesta en marcha de servicios públicos de
proximidad. Por otro lado, desde la óptica del protagonismo de la
ciudadanía y la movilización social, se produjo en estos años el crecimiento,
con mayor presencia en la calle, de los denominados nuevos
movimientos sociales: feminismo, ecologismo, antimilitarismo y pacifismo.
En Zaragoza, en sintonía con el resto del Estado y desde la
óptica de la acción colectiva de las mujeres, hubo una proliferación
de acontecimientos que modificaron las relaciones de fuerzas de divergencia
y convergencia política del movimiento de mujeres y del
feminismo.
En primer lugar, es reseñable el fenómeno de la institucionalización
y crecimiento del feminismo en las Administraciones Públicas
y el desarrollo de los organismos de igualdad, coincidiendo con el
triunfo electoral del PSOE en 1982. El Instituto de la Mujer se creó
en 1983 y también en los Ayuntamientos los servicios específicos
para atender las carencias de la población femenina con el impulso
de programas de asistencia social y de formación para las mujeres.
En Zaragoza, se pusieron en marcha los Talleres de Promoción de la
Mujer en 1981, implicando a un número importante de amas de casa
en labores culturales y artísticas. Fue una iniciativa pionera en el
Estado, auspiciada por la Concejalía de Bienestar Social, con María
Arrondo a la cabeza, desde la implantación del Gobierno socialista
en el Ayuntamiento de Zaragoza, tras ganar las elecciones municipales
de 1979. Posteriormente, se crearía la Casa de la Mujer para desarrollar
programas especializados.
En segundo lugar, la articulación de gran parte del movimiento
de mujeres se llevó a cabo a través de la Coordinadora de Organizaciones
Feministas de Zaragoza (con coordinación también a nivel
estatal), aglutinando a casi todas las organizaciones de mujeres, e
incluyendo a la coordinadora de mujeres de barrios y las secciones
de la mujer de partidos políticos y sindicatos: Izquierda Unida, Mujer
y Socialismo (PSOE), Unión Sindical Obrera, Unión General de
trabajadores (UGT), Comisiones Obreras (CC. OO.). Dicha coordinaFeministas
en el tardofranquismo y la transición (1965-1985)… 253
dora también reunió a colectivos más sectoriales que se iban implantando
poco a poco en el panorama social y ciudadano. Entre otros,
Mujeres Libertarias en la corriente anarco-feminista, a partir de
1981 que defendía la no legislación sobre el aborto y su inclusión en
la sanidad pública; el Colectivo Lisístrata en la Universidad a partir
de 1983, como un revulsivo contra el machismo imperante y el androcentrismo
en los programas de estudios y en la transmisión del
conocimiento, integrado por un grupo de jóvenes diversas y activistas
con imaginativas campañas en el medio universitario, que lograron
introducir una enmienda feminista en los nuevos estatutos universitarios
de 1984, hecho que quedó recogido en diversos medios de
la prensa local y fueron «mediadoras en las tensiones que se daban
entre mujeres de la ciudad, por las distintas formas de entender el
feminismo» (Magallón, 2006: 42); también surgieron con fuerza las
mujeres del colectivo Paz y Desarme en 1984 y su apuesta por un
feminismo pacifista y antimilitarista.
En tercer lugar, la consolidación del sistema parlamentario trajo
consigo otras formas de organización, además de las tradicionales
de sindicatos y partidos, unido todo ello a la lucha por la supervivencia
social de los partidos que habían quedado fuera del régimen parlamentario.
Junto con el movimiento feminista se desarrolló el movimiento
ecologista, el pacifista, con metodologías de trabajo más
participativas, antijerárquicas y horizontales; además, con el impulso
y puesta en marcha de acciones de intervención pública y mediática,
más imaginativas y potentes. Un ejemplo de todo ello fue el
Campamento de Mujeres por la Paz en 1984, instalado en el parque
del Tío Jorge durante el mes de septiembre, a propuesta de mujeres
como Carmen Magallón del Colectivo por la Paz y el Desarme de
Zaragoza, que se posicionó en contra de la instalación de misiles en
toda Europa y por un feminismo pacifista. Al unísono con gran parte
de opinión pública y de las organizaciones sociales y políticas, proponían
la salida de España de la OTAN (Organización del Tratado del
Atlántico Norte), decisión que fue sometida a referéndum en todo el
Estado. El Campamento de Mujeres por la Paz fue una experiencia
novedosa y fructífera que logró reunir a todos los colectivos y asociaciones
de mujeres aragonesas para oponerse a las industrias y
a las políticas de guerra, a la resolución violenta de los conflictos
254 Amparo Bella
nacionales y transnacionales y a las armas bélicas; en su discurrir
cotidiano durante los quince días que duró la acampada, hubo encendidos
y jugosos debates estratégicos sobre las relaciones entre
feminismo y pacifismo, también los hubo sobre la mal llamada confrontación
entre el feminismo de la igualdad y el feminismo de la
diferencia, y sobre los valores femeninos y masculinos. Asimismo, se
analizó desde la teoría y la experiencia la imposición social de los
géneros y su transformación. El campamento concluyó con una marcha
multitudinaria a la base americana hecho que fue recogido ampliamente
por los periódicos locales como Heraldo de Aragón y El
Día. El Campamento por la Paz de 1984 fue un ejemplo de unidad de
acción colectiva de las mujeres que abriría el camino a otras perspectivas
organizativas del feminismo zaragozano, menos sectarias y
más incluyentes (Magallón, 1984: 35).
De todas las estrategias de actuación en el movimiento de mujeres
y en el feminismo aragonés, centrando más su visibilidad en la
ciudad de Zaragoza, las que han adquirido mayor relevancia en la
transición democrática y en décadas posteriores, por su efecto movilizador
y reivindicativo, han sido las políticas corporales. A partir de
ellas se han definido y analizado problemas muy variados que tienen
que ver con la reapropiación de la existencia y las identidades
de las mujeres sin disociar cuerpo y pensamiento. Estas políticas
corporales han tenido una línea de trabajo dominante ante las reivindicaciones
de derechos coyunturales dentro del proyecto de igualdad
y la equiparación jurídica de derechos. Además, se han producido
ordenamientos estratégicos, que hacen referencia a la manera en
que las mujeres y las feministas se han situado socialmente en relación
con otras mujeres y con el mundo en su complejidad para trabajar
colectivamente y hacer política.
La apreciación de cómo se establecían las relaciones entre los
sexos bajo condiciones de desigual posición de poder y autoridad, y el
reconocimiento de las mujeres en la heterorrealidad patriarcal, llevó
a plantear muchos y urgentes problemas como el de la doble jornada
laboral y doméstica con tareas no compartidas, la carga sobre el cuidado
de los hijos, la desigual normativa matrimonial; se afrontó el
tema de la libertad y la educación sexual, los derechos reproductivos
Feministas en el tardofranquismo y la transición (1965-1985)… 255
y el derecho a decidir sobre la maternidad y el aborto, proponiéndose
que fuera libre y gratuito, pero con diferencias en cuanto a si era necesario
legislar sobre ello o simplemente despenalizarlo e incluirlo en
la sanidad pública, algo que ocasionó debates encendidos entre las
formaciones políticas y las feministas (Larumbe, 2004: 136). Hoy en
día con las leyes vigentes o sus modificaciones sigue siendo una lucha
que ganar. Se abordaron con valentía y cierto temor inicial las opciones
sexuales fuera de la norma heteropatriarcal, y el lesbianismo,
en particular, visibilizando esta experiencia; se abordó la sexualidad
como derecho al placer y la reapropiación del cuerpo. Se siguió luchando
contra la discriminación y segregación de empleos por sexos,
las discriminaciones laborales, la falta de formación y las demandas
curriculares no sexistas, la violencia machista y el terrorismo patriarcal.
A las reivindicaciones concretas siempre precedió el trabajo
en grupo, las experiencias habladas, los análisis compartidos. A partir
de los años noventa, se abordarán otros problemas, como el acoso
sexual, el techo de cristal para alcanzar puestos de responsabilidad y
la diversidad en las manifestaciones de la identidad de género, eliminando
los roles sexuales atribuidos a hombres y mujeres, entendiendo
esta superación de los estereotipos sexuales desde los parámetros
de otra política posible en condiciones de igualdad y con
respeto a las diferencias y, sobre todo, en la vivencia de una cultura
democrática y en libertad, tanto en la vida privada como en la pública.
Todas estas propuestas de cambio social han pasado a ser temas
prioritarios en las agendas de las diversas políticas feministas.
Las prácticas y el pensamiento de las feministas aragonesas se
ha seguido expresando en contra de la definición social desigual de
los géneros pero, a diferencia de los años setenta y en relación con el
presente, con una apuesta clara por valorar, redefinir y/o deconstruir
los géneros, bajo nuevas perspectivas menos rígidas y más fluidas en
donde las experiencias de las mujeres puedan desarrollarse libremente,
para tener reconocimiento, valor social y poder político.
El proyecto democratizador del feminismo en la transición española
y la legitimidad feminista (Nash, 2011: 283) para conformar un
sistema y una política democrática han supuesto a lo largo de esos
años difíciles y complejos, cuyos ecos llegan a la actualidad, una
256 Amparo Bella
multiplicación de sujetos sociales y perspectivas feministas, unas
veces acordes y otras discordantes, que, sin embargo, han intervenido
conjuntamente en múltiples acciones colectivas. El nacimiento de
espacios y lugares de encuentro como las librerías de mujeres, los
seminarios de estudios feministas como el SIEM,10 posibilitaron el
intercambio, la relación y la circulación de ideas y conocimientos.
Los feminismos en la transición tienen que considerarse como el desarrollo
lógico e inherente de las luchas por las libertades democráticas
y ciudadanas, tanto en la esfera doméstica como en la pública,
una lucha que prosigue hasta hoy.
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VV. AA. (1976), «El juicio por adulterio. La mujer en el banquillo», Aragón
2000, 3, pp. 41-62.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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