Amparo Bella. LA LUCHA POR LA AMNISTIA 1960-1976

 

La lucha por la amnistía
y el Movimiento Democrático de Mujeres

Zaragoza, 1960-1976


Amparo Bella 2003

En la presente comunicación voy a trazar un recorrido hecho por algunas mujeres a través de acciones colectivas que las vincularon entre ellas, con la lucha antifranquista y con la petición de amnistía, en la Zaragoza de los años sesenta y los primeros setenta finalizando en el inicio de la transición política.

En este recorrido de vida adquirieron una identidad colectiva mediante la cual lograron dar un salto cualitativo por el que la protesta antifranquista, la lucha por las libertades democráticas y la petición de amnistía amplió su contenido para designar, no solo la exigencia de democratización y liberación de presos políticos, sino también la exigencia liberación de las mujeres.

Esta comunicación forma parte de un trabajo de investigación más exten­so sobre movimientos de mujeres. El marco conceptual y la perspectiva interpretativa de la que parto son la historia de las mujeres y la historia de los movimientos sociales. La primera me ofrece un cuerpo teórico desde la historiografía feminista de los años setenta que visibiliza a las mujeres como agentes de cambio histórico. La segunda me permite aplicar una teoría socio­lógica para explicar el desarrollo de la acción colectiva.

El marco es el de la historia local y la microhistoria. Para la elaboración del mismo he consultado publicaciones periódicas de ámbito local y estatal. He acudido a los archivos de las organizaciones y movimientos y también a fondos particulares. He utilizado fuentes orales como una información pri­maria que luego me ha llevado a complementar y cotejar con documentos escritos y fuentes hemerográficas. Este trabajo es también y desde esta pers­pectiva, una historia de la memoria.

Tradicionalmente en el análisis del proceso de cambio de una sociedad autoritaria a otra democrática, se ha pasado por alto la esperanza de trans­formación que muchas mujeres implicadas en los movimientos de oposición desearon lograr: esta esperanza implicó un cambio en los términos del deba­te sobre la justicia social y la política, incorporando sus deseos de cubrir necesidades, sus ansias de lograr la igualdad de derechos como ciudadanas y la exigencia de reconocimiento de sus diferencias.

Como han señalado en los últimos años muchas teóricas e historiadoras del pensamiento y acción de las mujeres, la política feminista contemporanea forma un laberintoy un enjambre en el que no es posible hablar de una unica realidad sustancial.

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. La acción de las mujeres se ha situado tanto dentro como fuera de las tradiciones políticas dominantes.’ Así mismo la tradición discursiva en la construcción del sujeto político femenino ha gira­do en torno a la diferencia sexual como un principio existencial y político y en torno a la negación de esa diferencia como causa y explicación legíti­ma de la desigualdad. En ese maridaje se han sucedido ordenamientos en espacios organizativos así como desordenes y conflictos que han llevado a disgregaciones y replanteamientos del impulso a la acción y a la interven­ción pública.

El establecimiento de relaciones entre diferentes mujeres para hacer polí­tica es la materia prima de este estudio, a partir de la hipótesis de la exis­tencia de una práctica de relación entre mujeres -en redes sumergidas o en pactos- en donde pueden darse procesos de autorización mutua y legitima­ción y que constituyen la base sobre la que se negocia la identidad colectiva orientada a la acción exterior.2 La búsqueda y análisis de esta práctica de relaciones significativas constituyen una metodología de estudio sobre los movimientos de mujeres. No podemos explicar el rápido desarrollo del movimiento democrático en la transición sin tener en cuenta el trabajo indi­vidual y colectivo de muchas mujeres -no sólo las más concienciadas-, que formaron redes de relación cotidiana, redes sumergidas donde los intercam­bios comunicativos fueron produciendo un conocimiento social compartido y una génesis de identidad común, -lo que Temma Kaplan denomina con­ciencia femenina- que se manifestó en acciones colectivas a partir de los años sesenta, muchas veces sólo de mujeres y otras, conjuntamente con la oposi­cion a  dictadura y las fuerzas democraticas.La conciencia feminista fue creciendo dentro de este movimiento de mujeres.

1  Yasmine Ergas, «El sujeto mujer el feminismo de los años sesenta-ochenta», en G. Duby-M. Perro! (dir.), Historia de las mujeres. El siglo XX.Taurus, Madrid. 1993, tomo 5, p. 546. También Lola G. Luna, «La representatividad del sujeto mujer en el feminismo de la transición», en Concha Fagoaga (ed.), 1898-1998. Un siglo avanzando hacia la igualdad de las mujeres. Dirección General de la Mujer, Consejería de Sanidad y Servicio Sociales, Comunidad de Madrid, Madrid, 1999, pp. 235-241.

2     Los conceptos de redes sumergidas y de autorización en pactos negociados han sido desarollados respecti­vamente por Alberto Melucci, «¿Que hay de nuevo en los nuevos movimientos sociales?» en Ennque Lara- fta y Joseph Gusíield (ed.), Los nuevos movimientos sociales. De la ideología a la identidad, CI5, Madrid, 1994, pp. 119-149 y Lia Cigarini, La política del desea La diferencia femenina se hace historia, Icaria. Barcelona, 1995.

 

3. Temma Kaplan, -Luchar por la democracia: formas de organización de las mujeres entre los años cincuenta y los años sesenta*, en Anna Aguado, ed., Mujeres, regulación de conflictos y cultura de la paz, Institut Universitari d’Estudis de la Dona, Universidad Valencia, Valencia, 1999, p. 93.

Sobre la importancia de las redes sumergidas y las subculturas alternativas que están en el origen de losmovimientos sociales, en su  fase latente o inicial se ver Alberto Melucci, «¿Que hay de nuevo en los nuevos movimientos sociales?», en Enrique Laraña y Joseph Gusñeld (ed.), Los nuevos movimientos sociales De la ideología a la identidad, CIS, Madrid, 1994, pp. 119-149. Otro análisis que incide en este aspecto es el de José Manuel Sabucedo, Javier Grossi y Concepción Fernandez, «Los movimientos sociales y la creación de
un sentido común alternativo», en Pedro lbarra y Benjamín Tejerina (editores),
Los movimientos sociales.Transformaciones políticas y cambio cultural, Ediciones Trotta, Madrid. 1998, p 172.


La conflictividad social y las aragonesas del MDM

Zaragoza fue de las provincias privilegiadas que se integraron en la cate­goría de Polo de Desarrollo Periférico en 1964, a partir de la firma del Plan de Estabilización. Aragón dejó de ser una región eminentemente agrícola para pasar a ser mayoritariamente industrial, concentrándose este desarrollo en Zaragoza con la implantación de grandes polígonos industriales a costa de la despoblación y la desertización del Aragón rural. Unido a este proceso de despegue urbano, la llegada de los americanos con la instalación de la Base Aérea Norteamericana de Zaragoza, en 1954, no solo disparó el precio de los alquileres y del comercio sexual, también vino a ampliar las expectativas de apertura cultural y de consumo.4

Las consecuencias del proceso de modernización económica en la región aragonesa, cuyo paradigma de cambió fue la ciudad de Zaragoza, se tradujo en un aumento de la conflictividad social, en un maridaje continuo con el crecimiento de la oposición al régimen entre los sectores obreros, estudian­tiles y ciudadanos. La configuración de redes locales para abordar fines socia­les en problemas que afectaban a las mujeres en tanto esposas y madres, se llevó a cabo en Zaragoza, al igual que en el resto de estado, a través de aso­ciaciones de Amas de Casa, de Asociaciones de Vecinos y en grupos como el Movimiento Democrático de Mujeres. A partir de 1970, también en socie­dades profesionales como la Asociación de Mujeres Juristas (1971) o la Aso­ciación de Mujeres Separadas (1973).

De la cultura política oficial y autoritaria del franquismo que fomentó la desmovilización y la apatía se pasó a partir de los años sesenta y setenta, al desarrollo de una cultura democrática y participativa que, si bien no logró alcanzar la ruptura deseada, si que logró, al menos, frustrar los intentos de continuismo de la dictadura y favoreció el crecimiento de organizaciones políticas y sindicales. En esta coyuntura cobró nuevo sentido y presencia una cultura femenina de apoyo mutuo, a través de redes sociales de solidaridad frente a diversos problemas: la carestía de la vida, contra la inflación, por la mejora de las condiciones de vida y transporte en los barrios recién inaugu­rados, por la libertad de los familiares presos, pidiendo la amnistía para todos los presos políticos.

A comienzos de los años sesenta los trabajadores y trabajadoras se orga­nizaron clandestinamente en las Comisiones Obreras, al calor de las parroquias y con el

4. Sobre la instalación y permanencia durante casi cuarenta años de «la base americana» en Zaragoza ver Con­cha Roldan, Los americanos en Zaragoza. La presencia de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos en La Base, 1954-1992, Ibercaja, Zaragoza, 1998.


«boca a oreja», en el trasiego del ir y venir a las empresas. Irrumpieron con fuerza a partir de las huelgas mineras de Asturias de 1962 encontrando apoyo en una parte de movimientos católicos: la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) y la Juventud Obrera Cristiana (JOC). Hicieron frente a una intensa represión. Las huelgas ilegales, ampliamente extendidas en esa década se fueron sucediendo con al rápido incremento del coste de la vida al final de la misma. Los sospechosos de ser líderes políticos o sindicales eran frecuentemente detenidos y torturados por la policía. En Aragón, se organizaron a partir de los núcleos del PCE que practicaron el entrismo, a fines de la década de los 50, presentándose a enlaces sindicales de las Juntas Sociales del Sindicato Vertical. El fortalecimiento de CCOO vino dado porque las clases trabajadoras, fueron las menos beneficiadas por el despegue económico (bajos salarios, escasez de viviendas, deficiencias en la infraestructura de servicios y transporte] y las más afectadas por la infla­ción y el crecimiento del paro.

A las detenciones seguían los encarcelamientos y los familiares de los tra­bajadores apresados, en su mayoría mujeres, se movilizaron para conseguir su rápida liberación. Al pedir la amnistía para todos los presos políticos, las mujeres se integraron en un movimiento por la libertad en el que hasta entonces habían sido meras espectadoras. Al mismo tiempo esas mujeres eran las sostenedoras económicas y afectivas de la red familiar asumiendo la responsabilidad del mantenimiento y también, la de las visitas a sus familia­res en las cárceles. Esta participación activa de las mujeres en la lucha con­tra la represión y en solidaridad con las luchas obreras explica el porqué las organizaciones de mujeres en el Estado Español han tenido desde sus inicios una estrecha ligazón con el movimiento obrero.

Las campañas por la libertad de los detenidos significaron para un núme­ro importante de mujeres la oportunidad de salir del campo asistencial y la oportunidad de entrar de una forma políticamente activa en la organización de la oposición al franquismo, como bien ha señalado Giuliana Di Febo.5 Si el impulso de partida tuvo un carácter emotivo, la decisión de manifestar públicamente las denuncias e implicar a más gente en las peticiones de amnistía, supuso un aumento del nivel organizativo y de la conciencia politica. Así fue como en diversas ciudades, entre ellas Zaragoza, distintas muje­res del PCE en la clandestinidad y de la HOAC, comenzaron a reconocerse entre sí a las puertas de las prisiones. En muchas ocasiones solas y solitarias, estas mujeres empezaron a reunirse los domingos por la tarde en sus casas, en cafeterías y en parroquias. Su identidad de grupo y la legitimidad de sus acciones derivaban de su rol de esposas, madres y hermanas. De este modo empezaron a disfrutar estableciendo lazos de compañía, de apoyo y de rela­ción duradera con otras mujeres.

 

 

 

                                

 

 

 

 

 

Maruja Cazcarra, joven militante del PCE, viajaba a Barcelona, después lo haría también al penal de Burgos, para visitar a su hermano Vicente, el que seria elegido secretario general del partido en Aragón. Maruja relata como Burgos fue su base de operaciones en los primeros años, organizando con otras mujeres la solidaridad para los presos (comida, ropa, utensilios de aseo) y hacia las familias que quedaban en indefensión económica. «Estos grupos de mujeres por toda España y por supuesto en Aragón fueron capaces de salir de las cuatro paredes de su casa, de la burbuja de normalidad de la omnipotente propaganda del régimen y tomar conciencia de la situación del país y paulatinamente de sus múltiples discriminaciones como mujeres; de denunciar las detenciones y torturas de los defensores de las libertades».6

En 1962 se publicó en Madrid el llamamiento de la Unión de Mujeres Españolas -organización de mujeres del PCE que funcionaba en el exilio-, anunciando la creación de una organización democrática de mujeres, para dar forma a lo que había ido surgiendo en núcleos inconexos, a pesar de las duras condiciones de la clandestinidad; se celebraron así, las primeras reuniones encaminadas a la formación de dicha organización. Fernanda Romeu -extrayendo el dato de la documentación sobre las emisiones de Radio España Independiente (REI)- cita los núcleos en donde estaban funcionando y menciona ya a «las aragonesas».7 Según testimonio de Maruja Cazcarra, en este mismo año se llevó a cabo el primer acto directamente relacionado con la problemática de la mujer celebrando, el 8 de marzo, día de la mujer trabajadora, en un domicilio particular.

Al amparo de la Ley de Asociaciones de 1964, una tímida apuesta aperturista, que supuso la posibilidad real de legalizar grupos sectoriales, empezaron a surgir y crecer asociaciones de vecinos en los nuevos barrios obreros que ofrecieron la cobertura legal para aglutinar los distintos descontentos. Las luchas por la carestía de la vida y las malas condiciones de vida fueron sus objetivos prioritarios.

En este contexto, nació formalmente en 1965 y en la clandestinidad, el Movimiento Democrático de Mujeres con núcleos fuertes en Madrid, Barcelona y Zaragoza.8 El objetivo prioritario del MDM fue sensibilizar a las mujeres tanto en todas aquellas temáticas sociales y políticas de carácter general como el paro, el coste de la vida, la amnistía, como en las más específicamente  femeninas de discriminacion

5.Giulana di Febo, Resistencia y movimiento de mujeres en España 1936-1976, Icaria,                       

6.Maruja Cazcarra. Intervención Jornada Mujeres en la Transición, Zaragoza, 27-4-2001.

7.Citado por Fernanda Romeu Alfaro, El silencio roto. Mujeres contra el franquismo, F. Alfaro, s.l., 1994, p. 86.

8.Amparo Moreno, Mujeres en Lucha. El movimiento feminista en España, Anagrama, Barcelona, 1977, p. 29; Giuliana Di Febo, Resistenciaymovimiento de mujeres en España, p. 158; Rosa Pardo, «El feminismo en Espa­ña breve resumen, 1953-1985», en Folguera (comp.), El feminismo en España:’dos siglos de historia, Madrid, Fundación Pablo Iglesias, 1988, pp. 133-134; Fernanda Romeu Alfaro, op. cit., pp. 86-115; Mary Salas y Mer­che Comabella, «Asociaciones de mujeres y movimiento feminista», en Españolas en la transición. De exclui­das a protagonistas (1973-1992), compilación de Asociación «Mujeres en la Transición Democrática», Biblioteca Nueva, Madrid, 1999, pp. 25-125.


legal y social.9 Aunque alentado por el PCE, el MDM nació con vocación plural e interclasista y participaron a lo largo de su existencia, mujeres independientes sin vinculación a parti­dos, de asociaciones vecinales, carlistas, del PSOE, del PTE. Con la organiza­ción del MDM se había producido un salto cualitativo en el movimiento de mujeres al incorporar los deseos de democratizar el país.

Los escritos y peticiones a las autoridades civiles solicitando indultos fue una de las tareas más extendidas, actividad que unida a la recogida de firmas y dinero, también entre los sectores profesionales zaragozanos, les propor­cionó un reconocido prestigio no solo como organizadoras de las bolsas de apoyo, también como sensibilizadoras y propagandistas de las ideas politicas de democratización del pais. De las peticiorres de indultos pasaron a las char­las en las parroquias -las más recurentes. las de Oliver y Picarral- los domin­gos por la mañana, sobre la situación de la mujer ante la ley, la defensa del matrimonio civil y del divorcio. Con estas ideas suscribieron en Julio de 1967 el documento titulado «Por los derechos de la mujer española» que fue pre­sentado al vicepresidente del gobierno en Madrid, avalado por 1.518, se pedia la creación de guarderías, igualdad de oportunidades para acceder al mundo laboral y a la enseñanza universitaria, igualdad salarial, información y acceso a medios de control de natalidad y la reforma del código civil v divorcio.10 Para muchas de las integrantes de los movimientos sociales en España no era imprescindible, ni necesario, distinguir entre la democratiza­ción de los sistemas sanitario, legal, económico y social, todos ellos formaban parte de la misma reivindicación política.

Concha López, después de ejercer de prolífica ama de casa, con seis hijas e hijos a su cargo, se hizo activista de la Acción Católica en Zaragoza. Allí se formó para la intervención pública, dando multitud de charlas por los pue­blos de Aragón. Pertenecía al circulo de debate de la revista «Cuadernos para el Diálogo» que funcionaba habitualmente en la ciudad y allí, en el año 1966, en la presentación de un libro por Ruiz Giménez, conoció a «la comu­nista» Maruja Cazcarra.11 Este fue el comienzo de una larga amistad y una estrecha colaboración de duro trabajo en el MDM y posteriormente, a partir de los años setenta, en el Partido Comunista.

Los años 1968 y 1969, tras decretarse el primer estado de excepción por los disturbios producidos .tras la muerte de un estudiante en Madrid a manos de la Brigada Político Social, están jalonados por una gran conflictividad social en varios frentes que se unirán en acciones colectivas por todo el estado. En

9. G. Di Febo, op. cit., p. 159.

10.Mari Salas y Merche Comabella, «Asociaciones de mujeres y

   

movimiento feminista», op cit, p. 30.

11.     Entrevista: Concha López, Zaragoza, 24 de marco de 2001 y Maruja Cazcarra, 16 de abril de 2001. Algu­nos datos bigráficos de Concha López, conocida también por el apellido de su marido, están recogidos en el artículo de Javier Delgado, «Concha Reblct. Su único camino», AndaUin, n.” 400-401, 1984, pp. 52-55


Zaragoza se inició la movilización con una manifestación espontánea de cerca de 10.000 personas tras conocerse la noticia del fallecimiento. El movimien­to estudiantil en la Universidad constituía una de las más activas plataformas de oposición al régimen desde finales de los años cincuenta. A las detencio­nes tras los disturbios del 68 siguieron otras movilizaciones que lograron transformar las acciones culturales y reivindicativas del campus, en manifes­taciones y saltos de «comandos» por toda la ciudad. Este paso a las acciones ciudadanas, según relata el entonces joven abogado laboralista Francisco Polo -que junto a otros asumió la defensa de detenidos-, tuvo una repercusión decisiva en el movimiento obrero, ya que «politizó la vida en la ciudad y rom­pió el miedo que hasta entonces se vivía fuera de los círculos más activistas».12

Es en este momento de máxima politización de la vida en la ciudad se produjo la masiva detención de los obreros reunidos en asamblea en los Pina­res de Venecia, para preparar la celebración del 1de Mayo, el 7 de abril del 1968. Alrededor de un centenar de obreros estaban presos en Torrero y en sus casas faltaba el jornal. Ante esta situación las integrantes del MDM des­plegaron una extraordinaria actividad, similar a la que solían desempeñar por las casas de puerta en puerta pidiendo solidaridad, recaudando dinero; en esta coyuntura, la actividad se intensificó por la magnitud de detenciones. A Concha López le pidieron que hablara en Acción Católica por si alguien quería colaborar con su ayuda y así lo hizo por las parroquias de San Pablo y San Miguel, entre otras, lo que le valió ser recriminada por la presidenta de Acción Católica y su salida de la misma, dejando su apostolado revoluciona­rio para otros públicos.

En ese mismo año habían celebrado el 8 de Marzo a lo grande, ya no en las parroquias de Oliver y Picarral donde solían reunirse habitualmente, sino en la Residencia Femenina Universitaria de Azaila con el salón de actos a rebosar y en donde mujeres activistas de la Universidad, del movimiento obrero, de las amas de casa, y de sectores profesionales, leyeron sus respectivos manifiestos por los derechos de las mujeres, era un acto reivindicativo y al mismo tiempo un acto simbólico de afirmación de la libre identidad colectiva, ya que como lo expresa Maruja Cazcarra: «fue durante tres o cuatro horas un oasis de liber­tad donde la censura, había quedado abolida». El clima de movilización como reactivo a la represión incentivó a otras acciones colectivas de mujeres y estas formaban parte de un nuevo modo de protesta: la ocupación de iglesias, accio­nes que quizás por ser nuevas e insólitas fueron noticiadas alguna vez en la prensa. En Zaragoza, en el año 68 unas treinta o cuarenta mujeres del MDM intentaron ocupar la Iglesia de San Pablo en protesta por el recrudecimiento de detenciones y torturas pero no lograron permanecer allí mucho tiempo por­  que el párroco las denuncio y la Brigada Politico Social vino a desalojarlas y disolverlas

12. Citado por Enrique Ortego, «El primer estado de excepción, La oposición sale a la calle en Zaragoza», Anda- ¡án,n° 400-401,1984, pp. 10-11. También Miguel Angel Ruiz Carnicer, «Dictadura y Desarrollo, 1956-65», en Carlos Forcadell (Coord,), Historia contemporánea de Aragón, Heraldo de Aragón, Zaragoza, 1993, pp, 339-360.


y disolverlas con sus tradicionales métodos de la época.13

Para muchas familias el trasiego entre el ir y venir a comisarías, a cárce­les, las dificultades económicas, las colectas populares, los escritos, la recogi­da de firmas, los saltos relámpago en la calle, implicó un enorme esfuerzo. Apenas quedaba tiempo para otros menesteres más livianos y más lúdicos, lo personal y la vida privada casi ni existían. Los afectos amorosos se manifestaban con urgencia y complacencia subversiva. Así le pasaba a Esperanza Martínez, la que fue maquis durante tres años en la Asociación Guerrillera de Levante y Aragón (AGLA), pasó quince años en la cárcel, en donde, por su militancia en el PCE, conoció a mujeres del MDM de Zaragoza. A raíz de ello, a su salida de la cárcel en 1967, decidió establecerse aquí, donde conoció a su compañero Manuel Gil, Este era activista obrero, fundador de las CCOO y de los que estaba en casi todas las «caídas»; la de 1969, desafortu­nadamente, coincidió con la fecha de su boda con Esperanza, la primera boda civil que iba a celebrarse en Zaragoza. En esta situación, para no tener que posponerla demasiado tiempo por las dificultades administrativas que conllevaba entonces este procedimiento civil, decidieron celebrarla en la fecha prevista y así, la boda se llevó a cabo en la cárcel de Torrero. El novio permaneció encerrado después y la novia se fue a celebrarlo con sus compa­ñeras del MDM y con las otras amistades que habían acudido al evento, entre brindis y canciones la fiesta iba subiendo de tono revolucionario «conquis­tando por unas horas una isla de libertad».14

La actividad de los siguientes años fue intensa y se desenvolvió entre la radicalización de las luchas en la calle y los debates internos sobre las priori­dades de la lucha y los objetivos feministas, algo que produjo conflictos, negociaciones y tempranas rupturas como la del grupo de Barcelona por con­siderar al MDM poco feminista con «objetivos subalternos y covunturales»; en otros lugares, por considerarlas excesivamente feministas y creer que la lucha de clases era la prioritaria en esos momentos; este último sector esta­ba compuesto por mujeres cristianas que pasaron a formar parte en 1971 del nuevo partido, Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT).” Lo que se estaba poniendo en debate era el compromiso del MDM con la trans­formación social y con la transformación sexual de las relaciones sociales entre los sexos. Algunos aspectos culturales sobre las relaciones sexuales y entre los sexos eran temas tabú también, dentro del PCE.

13.        Maruja Cazcarra: Entrevista ]6-abril-2001. Intervención Jornada Mujeres en la Transición, Zaragoza, 27-4- 2001.

14.        Esperanza Martínez y Maruja Cazcarra: Jomada Mujeres en la Transición, Zaragoza, 27-4-2001, Citado bre­vemente por Manuel Gil y Javier Delgado, op. cit., pp. 155-157. Datos de la biografía de Esperanza en el reportaje de Emilio Silva Barrera, «Maquis, la última batalla», en El Semanal, n.° 705, 29 de mayo de 2001, pp. 34-40.

15.        Amparo Moreno, op. cit., p. 31 y siguientes; Rosa Pardo, op. dt., p. 137.


18.        Temma Kaplan, «Luchar por la democracia: formas de organización de las mujeres entre los años cincuen­ta y los años sesenta», en Anna Aguado, ed.. Mujeres, regulación de conflictos y cultura de la paz, Instituí Uni- versitari d’Estudís de la Dona,

El MDM siempre basó sus propuestas en el lenguaje de la reforma y por tanto, sus demandas se inscribieron en un proyecto de emancipación dentro de una sociedad democrática. En octubre de 1971, en la Tercera Asamblea del MDM, las dirigentes declaraban que «en contraste con otros movimien­tos femeninos en América y Europa, el Movimiento Democrático de Muje­res no se propone un movimiento de mujeres separado sino actividades de apoyo vinculadas a otros sectores democráticos del país que están luchando contra la dictadura».’6 Así pues, confiadas en poder superar y cambiar el machismo de los compañeros en los partidos y los sindicatos de izquierda las mujeres del MDM creían poder transformar su propia situación dentro de la lucha general en estas organizaciones. Para Lidia Falcón, en una interpreta­ción crítica, afirma que el MDM nunca planteó unos objetivos decidida­mente feministas y considera que fue un instrumento del PCE para ampliar sus bases. En otra línea de interpretación más centrada en los deseos de las mujeres que integraron el MDM se pronuncia Rosa Pardo considerando que el MDM intentó combinar acción, feminismo y política.”

A las protestas en silencio en contra del Consejo de Guerra de Burgos en 1970 y en contra de la pena de muerte, las exigencias de libertad y democra­cia en los saltos conjuntos cortando el tráfico en las calles, les siguieron otras. En los años setenta, se intensificaron unos métodos específicos de protesta femenina contra la carestía de la vida con ruidosas caceroladas públicas. Era una lucha más social que política vinculada con las condiciones de vida en los barrios y las mujeres del movimiento vecinal, pero que adoptó contenidos de reivindicación política luchando contra el franquismo, uniéndose a las luchas obreras y las democratizadoras. En este sentido, Temma Kaplan ha descrito este proceso comparativamente con las protestas en Chile en los años ochen­ta contra el régimen de Pinochet, donde acuñaron el lema «democracia en la casa y en el país»; lo interpreta como «la vinculación de lo político con lo doméstico», algo que desarrollaron las españolas de aquellos años con movili­zaciones que expresaron «un profundo deseo de transformación de la vida a todos los niveles, tanto en el espacio público como en la esfera privada, a la vez que demostró también una capacidad notable para conectar estrecha­mente la democracia política con la equidad social».18

16.«Programa del Movimiento Democrático de Mujeres, extraído del Documento General de la III Reunión de Movimientos Democráticos de Mujeres (octubre, 1971)», en Amparo Moreno, Mujeres en lucha, pp. 105- 107.

17.Lidia Falcón, Mujer y poder político, Vindicación Feminista, Barcelona, 1992, p. 221. Rosa Pardo, «El femi­nismo en España: breve resumen, 1953-1988», en Pilar Folguera (comp.), Elfemini&no en España: dos sigbs de historia, Fundación Pablo Iglesias Madrid, 1988, p. 133.


Mujeres de diversas ideologías políticas trabajaron juntas en el MDM y militaron en los barrios. Desde el año 1973 estaban funcionando en Zaragoza algunos grupos de mujeres en los barrios de la ciudad, formaron las Vocalías de Mujeres dentro de las Asociaciones de Vecinos y los núcleos más activos eran los de El Picarral y San José. Su trabajo se concentraba en problemas que les afectaban directamente como amas de casa y madres de familia con relación al consumo y a la carestía de la vida: en las tiendas exigían que tuvieran un pan familiar, traía productos directamente de los agricultores.19 A través de estas prácticas de organización informal -presionar con la cesta de la compra para adquirir productos a menor coste económico, negociado- se fueron forjando relaciones de mujeres que se unieron además, por otras necesidades como la exigencia de guarderías laborales, la socialización del trabajo doméstico y la formación de adultas. El carácter activista de las Asociaciones de Vecinos, único cauce legal de participación política durante los últimos años del franquismo, a través del cual se formaron las organiza­ciones políticas en la clandestinidad, favoreció el intercambio de ideas entre las mujeres que desarrollaron una conciencia feminista.

Convergencia política y movilización feminista

La vertebración clandestina de todo el grueso de la lucha política contra la dictadura hasta los años setenta se hizo en torno al Partido Comunista. A partir de 1970 este panorama se diversificará apareciendo otros grupos y otras siglas. Entre 1972-76 se irán estructurando con una creciente influen­cia en los medios universitarios zaragozanos, el Movimiento Comunista y la Larga Marcha hacia la Revolución Socialista, Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT) y el Partido del Trabajo (PTE). Desde 1972 y hasta el año 1976 actuaron en la Universidad los Comités de Estudiantes Revolu­cionarios (CERZ) «que constituirán una cantera de jóvenes profesionales de la izquierda antifranquista».20 Al mismo tiempo, entre las jóvenes universita­rias aragonesas se formaron los primeros núcleos filiales de la Asociación Universitaria para el Estudio de los Problemas de la Mujer (AUPEM) funda­da en Madrid en 1974.

Entre todos estos grupos de oposición se irán configurando dinámicas de convergencia política desde la izquierda para hacer frente al esperado y dese­ado cambio de régimen. Comenzó la dinámica de juntas y plataformas con­juntas. La primera iniciativa «Hacia la Asamblea Democrática de Aragón», como titulaba su manifiesto21 de 1974, fue la Comisión Aragonesa Pro-Alter

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19.        Pilar Anón, entrevista realizada el 10 de julio de 1997.

 

20.Miguel Angel Ruiz Carnicer, «Dictadura y Desarrollo, 1956-65», en Carlos Forcadell (Coord.), Historia con­temporánea de Aragón. Zaragoza, Heraldo de Aragón, 1993, p. 356.


nativa Democrática (CAPAD) formada en 1972. La integraban diversos gru­pos sociales del movimiento vecinal en unión con determinados partidos y sindicatos. Su acción más importante, en consonancia con las formas de pro­testa del movimiento de mujeres contra la subida de precios, fue la que con­vocaron junto con CCOO en mayo de 1975: la Semana de Lucha contra la carestía de la vida. Llamaban a la movilización de todas las fuerzas sociales y a la constitución de comisiones democráticas por toda la geografía arago­nesa para elegir los representantes que formarían parte de la Asamblea Democrática de Aragón, órgano político de representación de todas las gen­tes demócratas y antifascistas para coordinar la oposición a la dictadura y las medidas que habrían de tomarse tras su caída.

En julio de 1975 a partir de CAPAD, ampliada ahora con otras fuerzas se constituyó la Junta Democrática de Aragón. Su acto de presentación se rea­lizó en el Paraninfo de la vieja Facultad de Medicina y fue allí donde Con­cha López, «la Reblet», leyó el Manifiesto de las Mujeres del MDM de adhe­sión a la Junta. En su documento manifiesto recogían las expectativas y deseos de amplios sectores sociales y propugnaban reivindicaciones inmediatas entre otras: contra el Trasvase del Ebro, contra las Centrales Nucleares/ Con­tra los campos de tiro, por el cierre de la Base Aérea americana/Por la revi talización del Canfranc/Contra la carestía de la vida/ Por salarios justos para los trabajadores, y un largo etcétera de peticiones económicas, sociales y polí­ticas. Llamaban a «la responsabilidad de la actuación colectiva» porque, se decía: «La ruptura democrática no nos vendrá dada por sí sola, sino que hay que imponerla frente al régimen».”

En diciembre de 1975, tras la muerte del dictador, surgió otro organismo con vocación unitaria después de constituirse en el ámbito nacional la Plata­forma Democrática,” integrado por las restantes fuerzas que no integraban la Junta, entre otros el PSOE, los Carlistas, la UGT, los CERZ de estudian­tes, el MCE y la ORT. De la fusión de ambos organismos surgirá la popular­mente conocida «platajunta» aragonesa o Coordinación Democrática de Ara­gón en los primeros meses de la transición y a diferencia de la popular y pio­nera CAPAD, la componían exclusivamente las organizaciones políticas y sindicales. Para Vicente Cazcarra «la actividad unitaria perdió iniciativa y protagonismo, […] perdió su carácter de movimiento popular de base».24

Las dinámicas de convergencia y oportunidad política llenaron aquellos años de cenas asamblearias, cánticos subversivos en los colegios mayores, lec­turas en las trastiendas de las librerías, cafés de madrugada en el cuarto de estar con los escritos y «la vietnamita», las subidas y bajadas desde el Ebro a

22.Archivo del Partido Comunista de España en Aragón, Caja 42660. Archivo Municipal de Zaragoza.

23.En el ámbito nacional, en la clandestinidad se habían formado la Junta Dembcratica, capitalizada por el PCE. en París en el verano de 1974, y la Plataforma de Convergencia, ideada por el PSOE un año después.

24.Vicente Cazcarra, «La transición democrática en Aragón: algunos aspectos», AndalÁn, 400-401, 1984, p. 31.


Torrero y de los Pinares de Venecia al malogrado «tontódromo» del Paseo de la Independencia… Los cinco últimos años de franquismo en Aragón se caracterizaron por el clima de oposición, el incremento de las huelgas y movilizaciones obreras y ciudadanas, así como por una concienzuda labor represiva para mantener el orden público. Las redes alternativas al sistema se construyeron también con una simbiosis muy clara entre cultura y política: los cine-clubes, los recitales, las tertulias del café Niké, los centros de debate como el Pignatelli, las semanas culturales universitarias, la librería Pórtico, los grupos de teatro, los recitales poéticos, el Andalán, el nacimiento del PSA, (Partido Socialista Aragonés], La sal de la tierra del trabajo y la cultura, como el «pan y las rosas» que pedían las trabajadoras de principio de siglo, impreg­naban el desierto aragonés de agua fresca y clara, para la libertad. A través de toda estas red social en movimiento, de las subculturas existentes en los movimientos sociales, se construyeron las identidades colectivas y los discur­sos alternativos a la realidad en un proyecto de cambio social.

Por fin, en noviembre de 1975 moría Franco y unos días después, y aún en la clandestinidad, se celebraban en un convento a las afueras de Madrid las Primeras Jornadas por la Liberación de las Mujer, los días 6, 7 y 8 de diciembre. Participaron 500 delegadas y mujeres pertenecientes a diversos grupos y organizaciones feministas.25 Estas jornadas marcaron el final de una etapa y de modo sintomático las mujeres del MDM cambiaron el nombre añadiendo a sus siglas las de Movimiento de Liberación de la Mujer (MDM-1 MLM). A las peticiones generales de justicia social y derechos, se unirán las de amnistía también para las mujeres acusadas de crímenes morales (prosti­tución, aborto, adulterio). Las jornadas de diciembre del 75, marcaron el final de un movimiento coordinado con la dirección del MDM. Empezaba la transición política y el movimiento de mujeres organizado bajo otras condi­ciones y con una mayor profundización en los objetivos feministas.

En la primavera de 1976 una treintena de mujeres, dispuestas a facilitar el encuentro, comenzaron una serie de reuniones nocturnas, en una pizzería zaragozana, para trabajar el tema del feminismo. Estas reuniones concluye­ron con la decisión de fundar la Asociación Democrática de la Mujer Arago­nesa (ADMA). Los primeros pasos en el otoño «caliente» de 1976, les con­ducirán a la primera plana de los medios de comunicación de ámbito local, nacional e internacional, por asumir la defensa publica y la causa política, por vez primera en la naciente democracia española, de una encausada por adulterio.

El objetivo central en el que coincidieron todas las ramas del movimien­to de mujeres en todo el estado durante este primer año tras la muerte de Franco, fue el rechazo a las leyes discriminatorias, algunas de ellas ancladas en el código napoleónico, tenían un carácter anacrónico e insultante para las mujeres.

25. Documento «Resoluciones y conclusiones de las I Jornadas por la Liberación de la Mujer», en el apéndice documental de Amparo Moreno, op. cit., p. 147.


El Código Penal español mantuvo desde 1848 la rúbrica no altera­da de los delitos «contra la honestidad»,” a cuya cabeza figuraba el adulterio. Para que un hombre fuera considerado adúltero se requería ser encontrado con su amante en el domicilio conyugal, o ser vistos los dos fuera de casa rei­teradamente, provocando con ello escándalo público. Sin embargo, una mujer casada era considerada adúltera si viajaba con un hombre con quien no estuviera unida en matrimonio. En casos de separación para obtener la custodia del hijo el varón podía alegar la acusación de adulterio. Entre 1976 y 1977, durante el primer gobierno de transición, las protestas por los die­ciocho juicios a mujeres acusadas de adulterio, se extendieron por todo el estado pidiendo la abolición de la ley.

Entre todos los casos de adulterio abiertos en el año 1976, el que más llamó la atención a las integrantes del movimiento de mujeres fue el de Inmaculada Benito. Se iba a celebrar un juicio en la Audiencia Territorial de Zaragoza, en octubre, contra esta mujer de 21 años acusada de adulterio y para la que se pedía cinco años de prisión y cincuenta mil pesetas de sanción, por la acusación particular. La joven abogada defensora de Inmaculada, Glo­ria Labarta, pertenecía y era fundadora de la recién creada, y aún sin legali­zar, Asociación Democrática de Mujeres Aragonesas por lo que, tras propo­nérselo a su defendida y a la Asociación, se pusieron manos a la obra en la movilización de mujeres en torno al caso y en la petición de la despenalización. El hecho saltó a la prensa.”

La Asociación Democrática de la Mujer Aragonesa (ADMA) aprovechó la coyuntura para desarrollar toda una campaña de apoyo a Inmaculada Benito mediante una alianza de mujeres, de todas las clases sociales, dis­puestas a sostener una lucha contra el sistema y las leyes discriminatorias, la exigencia de su derogación y la amnistía para las mujeres como parte inelu­dible del proceso de transición a la democracia. En la puerta de la Audiencia

26. Emilio Eiroa, «El adulterio en la historia», en el dossier «El juicio por adulterio. La mujer en el banquillo», en la revista independiente inagurada en septiembre del 76, Aragón 2000, n.° 3, 21-10-1976, p. 62.

27 Para seguir la historia del caso ver diario Heraldo de Aragón, se sucedieron varios artículos alusivos durante los meses de octubre y noviembre (6, 7,12,21, 28 de octubre y 17 de noviembre de 1976), También en el resto de prensa local y estatal, asi como en semanarios y revistas: «Esta mañana en la Audiencia: el juicio
por presunto adulterio a puerta cerrada»,
Aragón Exprés, 6-octubre-76, portada y p. 22; Marcuello, «A las puertas del año 2000, querella por adulterio», Andalán n.° 99,15-10-76; «Juicio polémico», El Nortean!, 6-10-76; Marcelino G Medina, «Esposa acusada y absuelta de adulterio», Mundo Diario, 12-10-76; Garda de
Frutos y Emilio Eiroa, «La “revolución” feminista en Zaragoza»,
Diario Pueblo, 7-10-76; García de Frutos,«la acusada de adulterio absuelta por los tribunales», Diario Pueblo, 13-10-76; El Editorial, «¿Cinco años por ir a Canarias?», y José Ramón Marcuello, «Las feministas acusan de discriminación. Polémico juicio contra una mujer acusada de adulterio», (p. 21), en El País; 6-10-76; Dossier: «El juicio def aña La mujer en el ban-quillo» (con entrevistas a todas y todos los protagonistas y ta opinión de diversos, juristas), Aragón 2000. n.°3, 21-10-76, pp. 41-62; Inmaculada Gómez Mardonas, «Aquí no hay adulterio, solo adulteras» Cacera Ilus-
trada,
17-10-76; Fernando Berberana, «El que esté libre de pecado que tire la primera piedra», El Caso,
octubre-1976; «Inmaculada Benito, una adultera para un pueblo». Interviú, n * 23, 21-10-1976, p, 7.


repartían sus octavillas a ciclostil en las que se leían los objetivos prioritarios de esta lucha. En los meses anteriores al juicio la actividad movilizadora con­sistió en implicar al mayor número de personas solicitando apoyo: entre estos apoyos constaba también el Decano del Real Colegio de Abogados de Zaragoza, Ramón Sainz de Varanda. Escribieron una carta firmada por más de 1.000 personas dirigida al Ministro de Justicia solicitando la igualdad entre hombres y mujeres y el fin de la doble moral. Feministas de diversos puntos de la península viajaron a Zaragoza para el día de la celebración del juicio, a pesar de que éste se hiciera a puerta cerrada.

De este modo se sentó un precedente de protesta y movilización que sería repetido en otros juicios contra mujeres por delitos específicos, como el inmediatamente posterior de noviembre en Barcelona. El eslogan «yo tam­bién soy adultera» se incorporó a las movilizaciones de mujeres en todo el estado. Esta práctica de autoinculpaciones, según ha interpretado María Milagros Rivera, «fue un ejemplo de política de lo simbólico: al autoinculparnos gratuitamente las mujeres de adulterio, quedaba en ridiculo el supuesto delito de infidelidad, significado ahora como una práctica generali­zada y frecuente».28

En una entrevista que concedió a Margarita Barbachano para la revista Aragón 2000™ Inmaculada Benito declaró que no se arrepentía de nada y que sacar a la luz pública su nombre y su caso era «un riesgo que creía con­veniente correr», y afirmaba: «a partir de mi acusación me he concienciado muchísimo de todos estos problemas, pero no tomo la lucha en este sentido como exclusivamente feminista, sino que considero que es una lucha social en la que debe participar todo el mundo».

En conclusión podemos afirmar que esta creencia expresada por Inma­culada Benito iba en consonancia con el crecimiento del movimiento femi­nista dentro del movimiento de mujeres. La razón por la que algunas muje­res aceptaron aparecer en público como adulteras se debe a ello, formaba parte del proceso democratizador que había comenzado en los años sesenta.

28.María Milagros Rivera, Mujeres en relación. Feminismo 1970-2000, Icaria, Barcelona, 2001, p. 31

29.        Aragón 2000, n.° 3, 21-octubre-1976, p. 41.



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